—¡Señora, ya tenemos los resultados: está embarazada!
Ivana Basurto se quedó sin aire; el papel del laboratorio le temblaba entre los dedos. Guardó silencio por un buen rato.
Nelson Zavala había dicho que odiaba a los niños, por eso siempre se aseguraba de que ella tomara sus pastillas. ¿Cómo pudo ocurrir este accidente?
«Esto lo tengo que hablar con él, sí o sí».
Al atardecer, Ivana llegó bajo la lluvia al Centro Médico Zavala, empapada de pies a cabeza.
Acomodó el recipiente contra el pecho; al menos la comida había aguantado el camino.
Hoy era el Día de San Valentín, así que no le avisó con antelación, queriendo darle una sorpresa.
El hospital privado no era bullicioso como los hospitales tradicionales. La puerta de la sala de descanso era de madera maciza, pesada y de textura cálida, transmitiendo un aire de nobleza y profesionalismo en medio de su fría solemnidad.
Justo cuando iba a empujar la puerta, escuchó risas de hombres y mujeres adentro.
—Nelson, Yadira no ha vuelto en cuatro años y ahora que por fin se divorció, tienes que apurarte. ¡Divórciate de Ivana de una vez!
¿Yadira Dimas?
Al escuchar ese nombre que era una pesadilla para ella, la mano de Ivana que sostenía el almuerzo tembló al instante.
—¡Exacto! Tú y Yadira siempre fueron la pareja perfecta. ¡Siempre hemos esperado que terminaran juntos! Si no fuera por la oposición de tu familia en aquel entonces, ¡no te habrías casado con Ivana en un arrebato de ira!
El hombre en el centro imponía sin esfuerzo: distante, frío, intocable. Llevaba unos lentes de metal y una mirada fría, de esas que te ponen en tu lugar sin necesidad de alzar la voz.
Ante las burlas de los demás sobre su esposa, él apenas abrió sus delgados labios:
—Solo me pareció que se parecía un poco a Yadira.
A Ivana se le hizo un nudo en el pecho.
Varios colegas se unieron al alboroto con risas insinuantes.
—Ja, ¿quién no ve que es una suplente? ¿No es solo porque se aprovechó de haberte cubierto de una apuñalada? ¡Qué bárbara! Y luego se te pegó como una lapa, insistiendo en casarse contigo. Pero lo que nunca debió hacer fue arruinarle la pierna a Yadira, qué tipa tan cruel…
Ivana se giró apresuradamente, decidida a irse como si no hubiera oído nada.
Pero de repente, la voz de esa mujer que tanto detestaba resonó en su memoria, con un toque de coquetería.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado