Ciudad Brillenza.
Un moderno complejo médico albergaba el centro de exposiciones de equipos médicos más avanzado del país.
Nelson estaba sentado en su carro, esperando reunirse con el gerente de compras con el que había acordado una cita.
Revisaba en su tablet la nueva información que le habían enviado esa mañana, con una mirada aguda y concentrada.
Pero, para su sorpresa, mientras esperaba, vio una figura familiar.
¡Silverio!
En realidad, no era tan extraño. La adquisición de equipo médico que planeaba combinaba sensores médicos con plataformas de drones, un área que involucraba la ingeniería biomédica.
Así que, aunque su expresión cambió, Nelson trató de concentrarse en su trabajo.
Su viaje de negocios tenía como principal objetivo investigar y comprar un equipo médico de gran tamaño necesario para cirugías de trasplante de órganos.
El hospital llevaba tiempo queriendo adquirirlo, pero el alto costo de mantenimiento los había hecho dudar.
Por eso, esta vez, la compra correría completamente por su cuenta.
Quizás fue por haber visto a Silverio, pero Nelson se sintió inquieto y, por inercia, marcó el número de Ivana.
Al segundo siguiente, descubrió que lo había vuelto a bloquear.
Su respiración se volvió más pesada por la ira. Se frotó las sienes, que le palpitaban con fuerza.
En ese momento, recibió una llamada de Yadira.
—Nelson, ¿cómo va la compra? ¿Crees que el equipo pueda llegar a tiempo?
Nelson soltó un suspiro antes de responder:
—Todavía no he entrado a la exposición, pero no te preocupes, hoy mismo debería quedar resuelto.
El tono de Yadira, aunque apresurado, sonaba alegre y ligero, como si estuviera de buen humor.
—Entonces sí que tengo que pedirte que te apures. ¡Anoche recibimos la noticia de que ya encontraron un riñón compatible para Jaime!
Nelson se sorprendió notablemente.
—¿Tan rápido?
Generalmente, las fuentes de órganos provenían de dos canales: donaciones de ciudadanos fallecidos, lo que implicaba una larga lista de espera, o donaciones de parientes vivos.
La última vez que había preguntado, todavía había varios pacientes en la lista antes que Jaime, ya que las condiciones para un riñón infantil eran bastante estrictas.
Junto a ellas estaba un hombre, probablemente el padre de Elena, con una expresión de furia incontenible.
—¡Esto es un abuso! Llevamos más de un año esperando, ya nos habían notificado que la cirugía era hoy, ¿cómo es que de repente tenemos que esperar otros meses?
Patricia, abrazando a su hija, intentaba calmarlo.
—Baja la voz, estamos en un hospital. El doctor y el coordinador ya nos explicaron, ¿no? ¡Solo tenemos que esperar un poco más!
»No hagas un escándalo, que para la cirugía de la niña todavía vamos a depender de ellos.
El hombre se aferraba al borde de la ventana con las manos, con los ojos enrojecidos.
—¿No se supone que la donación de órganos se asigna por tiempo de espera y gravedad de la enfermedad? ¡Pero si Elena está gravísima!
»Y ahora, de la nada, alguien se metió en la fila. ¿Por qué? ¡Solo porque tienen dinero y contactos! ¿Acaso ya no hay justicia en este mundo?
En la cama del fondo, la luz del sol se filtraba por las persianas.
Aunque Elena también tenía rastros de lágrimas en los ojos, consoló a su padre con madurez:
—No te preocupes por mí, papá.
Patricia acariciaba suavemente el cabello de su hija. Cuando se dio la vuelta, sus hombros temblaban ligeramente.

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