Nelson permaneció en silencio, con la mirada fija en los labios de ella, que estaban ligeramente apretados.
Después de tantos años juntos, conocía bien sus pequeños gestos.
Cada vez que se sentía culpable, se mordía el labio instintivamente y evitaba mirarlo a los ojos.
Nelson extendió la mano.
—Dame el celular.
Ivana lo retiró bruscamente.
—Son cosas de la uni, de ingeniería; ni al caso que te metas, no le vas a mover.
—¿Ah, sí? —Nelson soltó una risa fría. La mirada nerviosa de ella le había dado la respuesta—. Entonces mañana iré contigo.
Ivana no quería seguir discutiendo con él.
—Qué ridículo.
Abrió la puerta y se bajó del carro.
Ya habían llegado a la entrada de la villa y los seguros se habían quitado.
Sin embargo, Nelson fue más rápido. Se bajó y la interceptó, tratando de arrebatarle el celular sin darle oportunidad de negarse.
—¿Qué estás haciendo?
Tomada por sorpresa, Ivana apretó el celular con todas sus fuerzas, sus nudillos se pusieron blancos.
—¡Suéltame, no es tu asunto!
Sabía que bajo ninguna circunstancia podía dejar que viera las palabras en su fondo de pantalla.
Al escucharla, la furia de Nelson se desbordó.
—Ivana, ¡¿me estás tomando por idiota?!
Aunque Ivana protegía el celular con su vida, la fuerza de Nelson era abrumadora y sintió que se le resbalaba.
—¡No!
Sus ojos se enrojecieron por la desesperación, pero en el último instante, con una expresión decidida, estrelló el celular contra el suelo.
El sonido seco del impacto los detuvo a ambos en seco. El silencio se apoderó del lugar.
La pantalla del celular, rota, yacía patéticamente sobre el frío cemento.
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