Al día siguiente.
Cuando Ivana se despertó, sintió una molestia en el cuerpo. Intentó darse la vuelta, pero notó un brazo sobre su cintura.
Al darse cuenta de quién era la persona a su lado, su primer instinto fue apartarlo.
Durante sus años de matrimonio, aunque Nelson dormía en casa casi todas las noches, siempre lo hacía en el extremo opuesto de la cama.
La distancia entre ellos era tan grande que podrían haber cabido dos personas más. ¿Qué bicho le había picado hoy?
Sin embargo, como si temiera algo, se aseguró de que el hombre a su lado siguiera dormido y, con el mayor sigilo posible, intentó quitarle el brazo.
Ivana sabía que si lo despertaba, probablemente no podría irse.
Había tardado días en conseguir esa cita y no podía permitirse faltar.
Pero, justo cuando lograba salir de la cama, algo le trabó el tobillo.
Al voltear, se le fue el aire: tenía el tobillo amarrado.
—¿A dónde vas?
El tirón despertó a Nelson. El otro extremo de la cuerda estaba atado a él, y con un simple jalón, la arrastró de vuelta a la cama.
—Hoy te quedas en casa.
Ivana llevaba cuatro años viviendo ahí como si fuera una prisión bonita. Ya había tenido suficiente.
—Mi casa no es esta.
Nelson, que apenas despertaba y aún tenía una expresión somnolienta, endureció el rostro al escucharla. Se giró, la inmovilizó bajo su cuerpo y dijo con una risa helada:
—¿No decías que lo más afortunado de tu vida era formar un hogar conmigo? El día de la boda juraste que nunca te arrepentirías. ¿Cómo es que lo has olvidado todo en tan pocos años?
El corazón de Ivana dio un vuelco. Aún lo recordaba.
—Si no lo mencionaras, ya lo habría olvidado.
Visiblemente insatisfecho con la respuesta, Nelson mantuvo su posición, apoyando una mano junto a la almohada y con la otra levantándole el pijama. Sus intenciones eran obvias.
Ivana ya no lo soportaba. Instintivamente, giró la cara.


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