Viviana no solo lo dijo, sino que lo hizo. Al salir de la mansión, se dirigió directamente al Onda Baja.
Como era socia de la zona VIP, fue Marino quien la recibió.
—Señorita Noyola, bienvenida. ¡Pase, por favor!
Sin embargo, Viviana no le hizo caso y le arrojó una tarjeta de crédito.
—Tengo un trabajito para ti.
Dicho esto, comenzó a susurrarle instrucciones al oído.
Después de escucharla, la expresión de Marino se tornó dubitativa.
—¿Hay algún problema?
Viviana le dejó entrever la generosa suma que había en la tarjeta.
Marino sonrió de inmediato.
—No se preocupe, sé perfectamente lo que hay que hacer.
Solo entonces Viviana se sintió satisfecha y añadió con énfasis:
—Asegúrate de hacerlo con discreción. Con todos los contactos que tienes, no dejes que nadie se dé cuenta para que no me involucren si algo sale mal.
Marino guardó la tarjeta.
—Descuide. Si no puedo encargarme de algo tan simple, más vale que me retire de este negocio.
Viviana sonrió, complacida. En cuanto a Daniela, al regresar le diría que le fue imposible convencer a Ivana y que, además, esta había sido muy grosera. ¡La vieja se pondría furiosa!
Una vez que todo estuviera hecho, estaba segura de que Ivana no podría volver a levantar la cabeza en la familia Zavala.
***
Pronto llegó la noche. La entrada del Onda Baja estaba repleta de autos de lujo, con clientes elegantemente vestidos entrando y saliendo.
Unos extranjeros que acababan de llegar, y que ya tenían referencias de Marino, lo buscaron a propósito.
—Señor, qué casualidad… nos volvemos a ver.
El extranjero había sido estudiante de intercambio en el país, así que su español no era malo, aunque tenía un acento peculiar.

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