Aprovechando que el niño seguía dormido, Yadira bajó al primer piso para comprar algo de comer y llevárselo.
Sin embargo, justo al cruzar la puerta del edificio y dar vuelta en la esquina, se encontró de nuevo con esa figura que parecía sacada de sus peores pesadillas.
¡Era Andrés Luján!
Estaba parado ahí, con toda la tranquilidad del mundo, en la mismísima entrada del hospital. Antes, al menos tenía la decencia de esperarla en lugares oscuros y sin gente, como el estacionamiento subterráneo. Pero ahora, se había atrevido a aparecer a plena luz del día.
Yadira sintió que el estómago se le encogía. Su estado de ánimo ya era pésimo de por sí, y ver a ese indeseable presentarse otra vez hizo que la ira estallara desde lo más profundo de su ser.
—¡Señorita Dimas, nos volvemos a ver! Qué pena molestarla de nuevo, de verdad, pero es que mi madrecita cayó enferma y necesito plata con urgencia. ¡Así que no me quedó de otra que venir a buscarla! Dígame, ¿de casualidad no tendrá un dinerito extra que le sobre? Tómeselo como un préstamo, ¿qué le parece?
Mientras hablaba, los ojos de Andrés Luján la recorrían de arriba a abajo con evidente codicia.
Pensaba que, como las dos veces anteriores ella había soltado el dinero sin problemas, era fácil de manipular. Estaba seguro de que su cargo de conciencia la haría pagar nuevamente para quitarse el problema de encima.
Pero no contaba con que Yadira lo miraría fijamente, con los ojos inyectados en sangre, y le gritaría a todo pulmón:
—¡Maldito infeliz! ¡¿Cuándo vas a parar?! ¡¿Me viste cara de cajero automático?! Te lo digo de una vez: ¡largo de aquí, porque no te voy a dar ni un solo centavo más! Y si te atreves a volver a molestarme, te juro que mandaré a alguien a matarte. ¡Ponme a prueba si no me crees!
Toda la furia y el rencor que Yadira había acumulado durante días estallaron en ese instante.
Sus gritos histéricos dejaron a Andrés completamente descolocado. Jamás se imaginó que ella se atrevería a enfrentarlo de esa manera.
Sin perder un segundo más en cruzar palabras con él, Yadira se dio la vuelta y se alejó rápidamente.
—¡Maldita perra! —escupió Andrés, furioso.
Tenía una deuda enorme en el casino, ¡y ahora resultaba que Yadira se había vuelto tacaña y no le había dado ni un peso!
Mientras más lo pensaba, más le hervía la sangre. Lleno de rabia, fue directo a la prisión para visitar a su hermano.
Damián Luján seguía encerrado. Había confesado ser el autor del atropello, pero los abogados de ambas partes llevaban semanas en un tira y afloja.
El abogado de Nelson le había lanzado un montón de cargos adicionales, y Damián ya no sabía cómo defenderse. El estrés lo estaba volviendo loco.
La única razón por la que no había cambiado su versión de los hechos era por el dinero.
Si el pago era bueno, no le importaba comerse un par de años extra en la cárcel.
Pero, en los últimos días, había mandado a su hermano a presionar para que le aumentaran la cifra.

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