Ya que mi vida es un infierno, ¡no dejaré que ellos vivan en paz!
Daniela estaba tan furiosa que sentía que le hervía la sangre. La señaló con el dedo, tartamudeando.
—Nelson, ¡mira a esta mujer, está loca! ¡Es una malagradecida! ¡Divórciate de ella de una vez y no vuelvas a tener nada que ver con ella!
Nelson seguía apretándole la muñeca con una fuerza bruta; la mirada se la taladraba. Su pecho subía y bajaba violentamente, conteniendo una furia reprimida.
—¡Suéltame!
Por más que Ivana intentaba liberarse, su esfuerzo era casi ridículo frente a esa fuerza abrumadora.
—Abuela, tenemos cosas que hacer. Por favor, regrese a casa —dijo Nelson mirando a Daniela, y luego se llevó a Ivana a rastras del restaurante.
Daniela lo miró, incrédula.
—Tú…
Intentó decir algo, pero el coraje le provocó un dolor de cabeza tan fuerte que no pudo articular palabra.
Como Daniela siempre viajaba con un chofer, Nelson encontró el carro de la familia Zavala y le pidió al conductor que entrara a buscarla.
Luego, llevó a Ivana a su propio carro.
—¡Arranca! ¡Y ponle seguro a las puertas!
Lionel, sintiendo la tensión en el ambiente, se encogió en su asiento y se concentró en conducir.
Ivana sentía la muñeca como si se la estuvieran machacando.
—¡Me estás lastimando!
Solo entonces Nelson la soltó.
Ivana se frotó la muñeca y, cuando Nelson se inclinó para ponerle el cinturón de seguridad, ¡lo empujó con fuerza!
¡Ya era suficiente!
Había jurado no volver a engancharse por Nelson, pero él siempre sabía cómo sacarla de quicio.
Se sentía agotada física y mentalmente. Al girar la cabeza, sintió los ojos ardiendo, pero parpadeó con fuerza para contener las lágrimas.

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