A Ivana le pareció que el hombre frente a ella era completamente irracional, así que simplemente se dio la vuelta para irse.
Pero al instante siguiente, Nelson se le fue encima, la alcanzó en dos pasos y le cerró la muñeca con la mano.
—¿A dónde crees que vas? ¡Vuelve aquí!
Se desabrochó el cinturón y, antes de que ella entendiera qué pretendía, le inmovilizó las manos.
—¿Qué estás haciendo? —gritó ella.
Lo golpeaba con todas sus fuerzas, pateándolo e incluso intentando morderlo.
Las heridas en el cuerpo de Nelson comenzaron a sangrar, pero él no pareció notarlo.
—¿Crees que vas a deshacerte de mí así de fácil? ¡Imposible!
La arrastró de vuelta con violencia y luego ató el otro extremo del cinturón a la cama.
Ivana ya tenía las manos atadas, y ahora estaban estiradas por encima de su cabeza. Solo le quedaban las piernas libres, y por instinto, comenzó a patear.
Nelson la dejó inmóvil con un solo movimiento y se le pegó demasiado, hablándole a quemarropa con la voz rota.
—¡A ver, vuelve a correr! ¿No te he dicho que eres mía?
—¡Bastardo! —gritó Ivana—. ¿Qué crees que soy? ¡No me toques!
Nelson la abrazó con una fuerza que le robaba el aire, como si quisiera borrarle cualquier escapatoria.
Ivana vio cómo la figura de él se desdibujaba ante sus ojos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
—¡Te odio! ¡Te odio!
A Nelson se le apagó lo poco que le quedaba de freno, y le habló tan cerca que a Ivana se le encogió el alma:
—Tienes razón. Nunca he sido un santo. Siempre consigo lo que quiero. ¡Nadie puede negarme nada! ¿Estás satisfecha?
No mostró la más mínima compasión.
Un momento después, jadeó junto a su oído:
—¿No puedes ser un poco más dócil? ¡Deja de torturarme!
Ivana sentía el cuerpo dolorido. Mirando al hombre frente a ella, tuvo la sensación de que dos personalidades distintas luchaban dentro de él. Se burló:
—¡Deberías buscar un psiquiatra para que te revise el cerebro!
La mirada de Nelson volvió a tornarse afilada y sombría.
De repente, un escalofrío recorrió a Ivana.

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