Ya era noche cerrada, pero el bar estaba más animado que nunca.
Gilda estaba claramente borracha. Cuando llamó a su hermano para que fuera a recogerla, apenas podía hablar bien. Y si ella estaba así, ni hablar de Ivana, que aguantaba menos el alcohol y ya estaba hecha un desastre. Pero por suerte, había otras dos que aguantaban bien la bebida y las estuvieron sosteniendo todo el tiempo.
Poco después, Silverio llegó a toda prisa. Al ver que su hermana ni siquiera podía mantenerse en pie, corrió a ayudarla.
Pero Gilda lo apartó con un gesto.
—Hermano, primero encárgate de Ivana, ¡yo voy al baño!
Silverio se preocupó un poco, pero por suerte, una de las amigas de Gilda la acompañó. Entonces, se giró para ver cómo estaba Ivana. Y la encontró hecha bolita contra la pared, abrazándose como si con eso pudiera sostenerse, llorando sin hacer ruido.
Silverio frunció el ceño al verla. La tomó del brazo para intentar levantarla. Sin embargo, después de unos pocos segundos, Ivana se deslizó de nuevo por la pared hasta el suelo.
Otra de las amigas de Gilda también estaba allí, y entre ella y Silverio, levantaron a Ivana a la fuerza y empezaron a arrastrarla hacia la salida.
Ivana abrió los ojos, aturdida. Sentía que la chica a su lado no paraba de susurrarle cosas al oído, pero no entendía nada de lo que decía.
Cuando por fin salieron por la puerta principal, la chica se despidió.
—Ivana, ¡no te olvides de contactarme cuando llegues a casa! ¡Te juro que te ayudo con lo del divorcio! ¡Soy abogada!
Medio inconsciente, Ivana sintió que alguien sacaba su celular y, pensando que se lo iban a robar, lo abrazó con fuerza contra su pecho.
La otra persona le pidió su Instagram y, entre el ruido y el mareo, Ivana apenas alcanzó a ver la notificación: tenía una solicitud para seguirla.
Ahora, solo quedaba Silverio para sostener a Ivana.
Como todavía estaba preocupado por su hermana, que se había quedado atrás, no tuvo más remedio que cargar a Ivana en brazos. Solo así, la mujer en su regazo se calmó un poco.
Ivana seguía aferrada a su celular, esforzándose por abrir los ojos para ver quién intentaba robarle. Alzó la cabeza y vio la línea suave de la mandíbula del hombre. Las luces del antro le recortaban el perfil: serio, bien plantado, de esos que imponen sin decir nada.

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