Silverio se apresuró a explicar:
—¡Creo que me confundió contigo!
—Ajá —se le escapó una risa sin humor, helada, de esas que no anuncian nada bueno.
Aun así, le quitó a Ivana de los brazos de inmediato y la abrazó, llevándosela hacia otro carro.
Ivana seguía retorciéndose inquieta.
—¡Suéltame!
—¿Ya te divertiste lo suficiente? —le salió la voz baja, cortante—. Te vienes conmigo a la casa.
Al instante siguiente, Ivana comenzó a tener arcadas sin previo aviso.
Nelson reaccionó tarde; alcanzó a ladearse, pero aun así el vómito le manchó el puño de la camisa.
El chofer, Luis, corrió hacia ellos con un paquete de pañuelos.
—¡Señor Zavala, aquí tiene!
La mayoría de los médicos son un poco maniáticos con la limpieza, y Nelson no era la excepción. Sin embargo, después de tomarlos, primero le limpió la boca a Ivana mientras le daba suaves palmaditas en la espalda con la otra mano. Luego la ayudó a subir al carro, le abrochó el cinturón de seguridad y sacó una botella de agua del asiento trasero.
Cuando se dio cuenta de la suciedad en su saco, se lo quitó y lo tiró directamente a un bote de basura.
Ivana vomitó un rato más y se sintió mucho mejor. Su mente se aclaró un poco y se dio cuenta de que alguien intentaba darle agua. Aunque realmente tenía la boca seca, en cuanto reconoció quién era, lo empujó bruscamente.
—¡Nelson, no me toques!
Ese rechazo subconsciente era imposible de fingir, una actitud completamente diferente a la que había tenido con Silverio momentos antes.
«¿Y aun así, el otro tuvo el descaro de decir que Ivana lo había confundido?». La mirada de Nelson se tornó compleja. Recordó la escena que acababa de presenciar a la entrada del antro y, al final, no dijo nada. Simplemente volvió a dejar el agua en su lugar en silencio.
En el carro se instaló un silencio incómodo, apenas roto por el aire acondicionado y algún que otro sollozo de Ivana.
Cuando regresaron a la casa, Ivana ya se había quedado dormida de nuevo, con el ceño ligeramente fruncido.
Nelson la cargó hasta la habitación de arriba. Al dejarla en la cama, ella levantó los brazos y lo rodeó, murmurando entre sueños:
—Señor, ¿no le gusta? —preguntó Leandra con cautela.
Nelson guardó silencio por un momento y de repente soltó:
—No, es solo que... ella ya se hartó.
Leandra soltó un suspiro de alivio.
—Tiene razón, uno se cansa hasta de lo más rico. ¡Mañana prepararé algo diferente para variar!
Nelson se quedó perplejo, pero al instante siguiente una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.
—Sí, cuando uno se harta, simplemente lo cambia por otro.
Leandra no dijo más y subió al segundo piso.
Nelson, por su parte, se quedó sentado en su lugar. Apenas había probado su comida, y solo miraba fijamente el asiento de enfrente.
Se quedó ahí, inmóvil, como si el tiempo se hubiera olvidado de él.

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