Angélica se quedó de una pieza. Bajó instintivamente la mirada, clavándola en las puntas opacas de sus zapatos de tacón de piel.
Tras un largo silencio, esbozó una sonrisa débil, alzó la barbilla y lo miró a los ojos.
—Entendido, director Herrera.
Sus ojos parecían un manantial profundo en medio de la noche, reflejando una tristeza brillante.
Iván parpadeó, desconcertado por un segundo.
Desde el escenario, una voz resonó por los altavoces. Mónica Solís acababa de subir a tomar el micrófono. Las luces apuntaron directamente a ella, haciendo que su vestido champán brillara con una luz suave y etérea. Todas las miradas se centraron en ella de inmediato.
La mirada de Iván también se posó en el escenario. Clavó los ojos en la figura de Mónica, sin parpadear siquiera.
Sin darse cuenta, se levantó de su asiento y comenzó a caminar en dirección hacia ella.
Durante el resto de la noche, Iván se paseó saludando a todos los invitados sin llevar a Angélica a su lado. En algún momento, Mónica se instaló junto a él. Ambos caminaban juntos, con una copa en la mano, charlando y riendo con los presentes como si fueran la pareja perfecta, dos almas gemelas en completa sintonía.
A nadie le pareció fuera de lugar, y nadie volteó a mirar a la esquina donde estaba Angélica.
Ella, escondida en las sombras, observó la escena. Veía cómo encajaban a la perfección y notaba la envidia en las miradas de los demás. En ese instante, lo entendió todo.
En este mundo de riqueza y apariencias, cada quien ocupaba el lugar que se ganaba. Y a los ojos de todo el mundo, la mujer que debía estar parada al lado de Iván Herrera, no era ella, sino Mónica Solís.
***
El evento culminaba con una subasta de joyas, cuyas ganancias se donarían a una fundación benéfica.
Mónica, Omar e Iván estaban juntos revisando el catálogo de la subasta.
Mónica deslizó la yema del dedo sobre la imagen de un juego de perlas del Mar del Sur.
—Qué hermoso conjunto —comentó en voz muy suave.
Mientras hablaba, lanzó una mirada fugaz y calculada hacia Iván.
Omar codeó a su amigo.
—Iván, si le gusta tanto, cómpraselo. Un collar tan fino como ese le quedaría perfecto.
—Mónica no necesita de este tipo de cosas para resaltar —contestó Iván en seco, arrebatándole el catálogo y clavando la vista en la fotografía del juego de perlas.

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