Cuando Angélica llegó a la mansión de la familia Herrera, su suegra Valentina estaba en la sala arreglando unos floreros.
Angélica se quedó en el vestíbulo, se cambió los zapatos y saludó en voz baja:
—Señora.
—Vaya, qué milagro —Valentina ni siquiera levantó la mirada—. ¿Cómo es que tienes tiempo de venir por aquí? ¿No estabas muy ocupada con los asuntos de tu familia?
—Iván me pidió que viniera a recoger algo —respondió Angélica, intentando mantener la calma.
Por fin, Valentina levantó la vista y la escudriñó de arriba abajo. Su mirada repasó el vestido barato y despintado por tantas lavadas, hasta detenerse en su rostro sin maquillaje. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios:
—Seguro Iván te mandó a que pidieras algo prestado, ¿no?
Angélica siempre supo que Valentina la despreciaba. Venía de un origen humilde y no estaba a la altura de Iván, ni mucho menos a la altura de la familia Herrera.
—Las joyas están en la caja fuerte. Ven conmigo —Valentina dejó las tijeras, se limpió las manos con un pañuelo de tela y se levantó sin prisa para caminar hacia las escaleras.
Angélica la siguió en silencio.
En el estudio del segundo piso, la caja fuerte estaba empotrada en la pared. Valentina ingresó la contraseña y con un *clic*, la puerta metálica se abrió, revelando hileras de refinados estuches. Las alhajas deslumbraban tanto que herían la vista.
Valentina sacó un estuche de terciopelo verde oscuro. Al abrirlo, dejó a la vista un impresionante juego de esmeraldas: collar, aretes y pulsera. El brillo de las piedras delataba que su valor era incalculable.
—Iván me comentó que para la recepción de esta noche, estas esmeraldas son las más adecuadas —dijo Valentina, entregándole un papel—. Firma aquí.
Angélica se quedó paralizada al leer las palabras en mayúscula: "RECIBO DE PRÉSTAMO".
*Por este medio recibo en calidad de préstamo de la familia Herrera un juego de esmeraldas valuado en treinta millones. En caso de daño o extravío, me comprometo a pagar la totalidad de su valor. Firma de la persona que recibe: ________.*
Angélica alzó la mirada hacia su suegra.
—Señora...
Valentina enarcó una ceja.
—¿Qué pasa? ¿No vas a firmar? Si no firmas, ni pienses que te las vas a llevar. Son treinta millones. Si las pierdes, ¿a quién le vamos a cobrar?
Angélica empujó el estuche hacia ella.
—No es necesario —dijo—. Gracias, señora.
Y se dio la media vuelta para bajar las escaleras.
Desde arriba, le llegó la voz desdeñosa de Valentina:
—Qué falta de educación. Se nota de qué clase de familia viene.
En la planta baja, Néstor Herrera estaba sentado en el sofá leyendo el periódico. Ni siquiera levantó la vista.

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