Cuando Iván la vio acercarse, frunció el ceño profundamente.
—¿Dónde están las joyas?
—No traje ninguna.
El ceño de Iván se hundió aún más. Aquella era una recepción de la más alta élite. La esposa era siempre el reflejo de la posición y el éxito de su marido, y que ella se viera tan desaliñada, era una cachetada directa a su orgullo como el gran director Herrera.
—¿Qué pasó?
—Tu madrastra quiso que firmara un recibo de préstamo —respondió Angélica—. Esmeraldas de treinta millones. Me dio miedo perderlas y no tener con qué pagarlas.
Una sombra de sorpresa cruzó por la mirada de Iván. Inmediatamente recordó las clásicas actitudes de su madrastra, Valentina. Un destello de ira se encendió en él, pero no era momento de armar un escándalo.
—Luego hablaré de eso con ella —murmuró.
Angélica no le contestó.
De repente, un revuelo en la entrada atrajo las miradas de todos.
Mónica Solís entró del brazo de un hombre. Llevaba un vestido largo color champán y un juego de diamantes al cuello que destellaba bajo las luces.
El hombre que la acompañaba era un viejo conocido de Angélica. Era Omar Garrido, un junior adinerado que estudió en la preparatoria y en la universidad con Iván, uno de esos amigos superficiales de fiestas y negocios.
Iván caminó directamente hacia ellos. Su tono de voz cambió por completo, volviéndose cálido y atento:
—Mónica, ¿qué haces aquí? ¿Ya te sientes mejor?
Mónica esbozó una sonrisa suave, barrió con la mirada a Angélica y, asintiendo ligeramente, dijo con cortesía calculada:
—Por fin conozco a la famosa señora Herrera. De verdad, qué ternura inspiras.
Sus labios se curvaron en una sonrisa impecable.
—Me llamo Mónica Solís, soy una vieja compañera de la universidad de Iván.
—Mucho gusto, Mónica. Había escuchado mucho de ti —asintió Angélica levemente.
Esa frase, “escuchado mucho de ti”, pareció golpear sutilmente a Iván.
Él miró a su joven esposa.
—¿La conocías?
Angélica se quedó pensativa por un segundo.
—Claro, cuando estudiábamos, yo iba seguido a buscar a mi hermano Martín a las preparatorias y ahí los vi varias veces a ti y a ella.
—¿En qué momento dije que me iba a divorciar?
—La tratas con la punta del pie, ¿y todavía no te vas a divorciar? —Omar hizo un gesto hacia Mónica—. Además, tú y ella debieron haber vuelto hace mucho. Si no hubiera pasado lo de aquel entonces, ustedes ya estarían casados. Ella es la única mujer que está a tu altura.
Iván miró a Mónica.
Ella desvió la mirada y bajó los párpados, tratando de evitar el tema.
Iván frunció el ceño.
¿Desde cuándo alguien como Omar tenía derecho a entrometerse en su matrimonio?
—Mónica y yo solo somos amigos —respondió Iván con tono helado—. Disculpen, iré a buscar a mi esposa.
Y sin decir más, dio media vuelta y se marchó, dejando a Omar con la palabra en la boca y a Mónica con una sombra de disgusto en el rostro.
—Mónica, no le hagas caso, ya sabes que es orgulloso, pero en el fondo se nota que sigue loco por ti —se apresuró a consolarla Omar—. Y con lo que veo, ese par está a un paso del divorcio.
Mónica dejó escapar un suspiro inaudible y sonrió débilmente, sin perder su elegancia.
—No digas eso, Omar. Yo no regresé al país a destruir el hogar de nadie. Solo veo a Iván como a un buen amigo.

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