Dante se encontraba en su suite de hotel en Londres, mirando por la ventana hacia la ciudad que lo encandilaba con sus luces desde el céntrico lugar en el que estaba. Había pasado un día agotador y estaba ansioso por hablar con Adriana, su esposa. Tomó el teléfono y marcó su número, esperando escuchar su voz al otro lado.
Adriana contestó después de unos segundos de silencio, y Dante notó inmediatamente algo extraño en su tono de voz.
—¿Adriana? ¿Estás bien?— preguntó preocupado.
Ella dudó antes de responder.
—Sí, todo está bien, amore mío — dijo ella con su mente cargada de remordimiento por mentirle —. Solo estoy un poco cansada, eso es todo...— dijo y suspiró rezando por dentro para que le creyera.
Dante frunció el ceño, sintiendo que algo no cuadraba del todo.
— No suenas como siempre, amore. ¿Estás segura de que no pasa nada?
Adriana suspiró más fuerte y finalmente admitió:
— Es solo que he tenido un día complicado aquí, papi. Nada de lo que debas preocuparte— dijo y agregó —, de verdad caro, no tienes motivo para inquietarte, te lo aseguro…— reiteró mordiendo su lengua.
Él se sintió aliviado al escuchar que no había ningún problema grave, pero también sintió una punzada de culpa por dejarla con los niños y estar tan lejos de ella. Después de todo, había sido él quien había decido iniciar esa unidad de negocios que actualmente los mantenía apartados.
Decidió hacer una promesa en ese momento, una promesa que sabía que debía cumplir del modo en que fuera.
— Adriana, quiero que sepas que estoy comprometido contigo, más que nunca en la vida. Estamos teniendo éxito en nuestro negocio, como nunca, y volveré pronto, te lo juro...
Adriana sonrió al otro lado del teléfono, aunque Dante no pudo verlo. Sin embargo, su sonrisa estaba llena de tristeza, ya que era ella quien había sido infiel en su matrimonio, sin embargo quien creia que estaba en falta era él, que ironía pensó la italiana con tristeza.
— Gracias, amore. Eso significa mucho para mí — dijo y era verdad aunque sentía que mentía. De hecho lo hacía.

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