Almendra se sintió conmovida.
Al ver que Gilberto ya había tomado una decisión, dijo de todo corazón:
—Gracias.
Gilberto extendió la mano y le acarició la cabeza.
—Tontita, ¿por qué eres tan formal conmigo? Es deber del hermano mayor cuidar a su hermana menor; así debe ser. Pero tú, no vuelvas a matarte trabajando como antes, descansa bien, ¿entendido?
—Ajá.
Alrededor de las cinco, Cristian Reyes y Marcelo Reyes llegaron uno tras otro.
La familia estaba casi completa, solo faltaba Alexandro Reyes.
—Lo de Alexandro es el colmo, Alme lleva tanto tiempo aquí y no se le ha visto el pelo ni una vez —se quejó Marcelo con desagrado.
Frida intervino:
—El trabajo de Alexandro es especial, siempre tiene misiones. Pero ya dijo que en cuanto termine esta misión, vendrá a ver a Alme. Hija, cuando vuelva Alexandro, puedes castigarlo como quieras.
Almendra curvó los labios en una sonrisa.
—No importa, entiendo la naturaleza de su trabajo. No pasa nada si viene cuando se desocupe.
Simón soltó una carcajada.
—Nuestra Alme es tan comprensiva. Cuando Alexandro regrese, haré que te compense como se debe.
Betina, al ver que toda la familia giraba en torno a Almendra, volvió a apretar las manos con resentimiento.
De repente, una gran palma envolvió su puño cerrado.
Ella se quedó atónita y vio a Mateo diciéndole con ternura:
—Te preparé un regalo de Día de Muertos, está en el coche. Al rato lo ves a ver si te gusta.
Para ganarse el favor de Betina, Mateo realmente se había esforzado.
Aunque Betina tenía muchas ganas de soltarse de la mano de Mateo, tuvo que admitir que tenerlo a su lado en ese momento le evitaba sentirse tan humillada.
Al menos, la atención de una persona todavía estaba en ella.

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