Inmediatamente después, una figura atractiva vestida con un traje blanco se acercó también, mirando a Almendra con una sonrisa de oreja a oreja.
—Señorita Almendra, ya está aquí.
Almendra lo miró y alzó una ceja.
¿No era este... Israel Lara, el chico de las lagartijas?
Israel miró a su alrededor y preguntó en voz baja:
—Señorita Almendra, ¿ese hombre... vino?
Tenía pavor de toparse con Fabián, ese verdugo, en la fiesta.
Realmente había quedado traumado con las lagartijas.
—Adivina —respondió Almendra.
Israel soltó una risita nerviosa.
—Ay, ¿cómo voy a adivinar? Pero ya que viniste sola, supongo que él no vendrá, ¿verdad?
Si Fabián no aparecía esa noche, sería fantástico; por fin tendría la oportunidad de ser el fiel escudero de Almendra sin miedo a morir.
Eva miró al iluso de Israel y resopló.
—Mira nada más qué falta de dignidad.
Israel chasqueó la lengua en desacuerdo y estaba a punto de replicar cuando se escuchó un alboroto entre la multitud.
La familia Reyes había llegado.
Betina llevaba un vestido de noche color rosa pálido que arrastraba por el suelo y un maquillaje impecable. Caminaba con aire altivo del brazo de Simón.
Al ver a Almendra, fingió no verla y comenzó a saludar a la gente junto a Simón y Frida con una sonrisa ensayada.
Ese era su momento, el instante en que se sentía más feliz y orgullosa.
Isidora también estaba entre ellos. Ofreció una escultura tallada en esmeralda imperial por un famoso artista. El material era de primera calidad, la artesanía exquisita y la forma vívida. En cuanto sacó su regalo, se escuchó una exclamación de asombro alrededor.
Kian y Rosa, parados junto a Isidora, tenían el rostro lleno de orgullo.
«Miren los regalos de los demás, puras cosas mediocres que dan pena», pensaron. «A Don Cristóbal no le falta nada de eso».
Aunque la esmeralda no era algo extremadamente raro, lo valioso era la talla del maestro y la pureza de la gema.
Al ver esto, Don Cristóbal comentó:
—Señorita Vargas, aprecio el gesto, pero este regalo es demasiado costoso, no puedo aceptarlo, de verdad.
Sin embargo, Isidora sostuvo el regalo con firmeza y, con una actitud solemne, dijo:
—Don Cristóbal, usted es una leyenda del ajedrez en Nueva Córdoba. Sus logros y su carácter siempre han sido mi modelo a seguir.
»Hoy le ofrezco este modesto presente como muestra de mi respeto. He sido una apasionada del ajedrez por mucho tiempo, aprendiendo por mi cuenta, pero sé que mi conocimiento es superficial. Deseo sinceramente aprender bajo su tutela. ¡Si pudiera recibir sus enseñanzas, sería el mayor honor de mi vida!

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