Almendra frunció el ceño, tomó un poco del polvo con la yema del dedo y lo acercó a su nariz. Un leve olor químico la golpeó.
Soltó un bufido frío. ¡Exactamente, obra de Ulises!
Cuando revisó las cámaras anteriormente, había visto a Ulises manipulando algo con el fertilizante en esa zona, y supuso que ahí estaba la clave. Sacó una pequeña bolsa de plástico que llevaba preparada y guardó la muestra de polvo.
Desde fuera del corredor, Ulises alcanzó a ver a Almendra merodeando justo donde él había esparcido la sustancia y se maldijo internamente.
No esperaba que esa mujer fuera tan meticulosa. ¡Dios, que no encuentre nada! Si descubría algo, estaba acabado.
¡Maldita sea! Debió haber limpiado esa porquería de inmediato.
Cuando Almendra salió del corredor de flores, el equipo de seguridad ya había llegado con las grabaciones.
—Señores, este es el video del momento en que el señor Yago se cayó.
Frida y Simón observaron la pantalla. En efecto, el abuelo parecía haber perdido el equilibrio por sí mismo, y Ulises, que estaba cerca, corrió a levantarlo.
Al ver esto, ambos suspiraron aliviados.
Menos mal, no tenía nada que ver con Ulises.
—Alme, mira, tu abuelo se cayó solo. Él no tuvo la culpa.
Ulises estaba hecho un manojo de nervios, pues no sabía qué tanto había descubierto Almendra.
Almendra levantó la bolsa con el polvo blanco y miró a Ulises con una expresión que prometía tormenta.
—Yo digo que tiene todo que ver.
La mirada de ella hizo temblar a Ulises, quien sintió que las piernas le fallaban.
Frida y Simón miraron confundidos la bolsa.
—Alme, ¿qué es eso?
Al unísono, Frida y Simón giraron la cabeza para clavar la vista en Ulises.
Ulises ya estaba en pánico total, pero intentó mantener la fachada.
—¡Patrones, soy inocente! ¿Cómo voy a tener algo que ver con eso? Soy un simple jardinero, solo sé cuidar plantas, ¡no sé qué son esas cosas raras!
Almendra fue implacable.
—Ya vi las cámaras. Tú mezclaste esa droga con el fertilizante y la echaste en la tierra para que nadie se diera cuenta. Ulises, ¿cuál es tu verdadero objetivo al venir a la familia Reyes?
Al escucharla, el rostro de Ulises se puso blanco como el papel. Las piernas no le aguantaron más y casi cae de rodillas.
—Yo... yo... —tartamudeó, mientras gotas de sudor frío le caían por la frente.
—¡Señorita Almendra, no me levante falsos! De verdad no sé qué es eso. Sí, aboné las plantas en la mañana, ¡pero jamás le puse esa porquería! Soy el padre de Betina, solo vine a ver a mi hija, ¡no tengo motivos para hacerle daño al abuelo!
—¿La evidencia está frente a tus narices y sigues negándolo? Bien, llamemos a la policía. Seguro que ellos te sacan la verdad en un dos por tres.

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