No solo no lo reconocía, sino que lo despreciaba, le daba asco y vergüenza. Ojalá no tuviera que volver a verle la cara nunca más.
Frida vio cómo se llevaban a Ulises y comentó:
—Alme, menos mal que encontraste los restos del fármaco enterrados. Si no, quién sabe qué desgracia habría provocado ese hombre con el tiempo.
De solo pensarlo le daban escalofríos.
Al escuchar esto, Betina apretó los puños. ¡Había sido Almendra! Sabía que esa maldita no desperdiciaría ninguna oportunidad para intentar echarla. Lástima para ella, esta vez no lo logró. Sus padres aún la querían.
Almendra restó importancia al asunto:
—Se me hizo raro, investigué un poco y ya. Me voy a mi cuarto.
Antes de subir, le lanzó una mirada significativa a Betina, quien bajó la cabeza sintiéndose culpable al instante.
En realidad, Almendra seguía dándole vueltas a algo: ¿Ulises realmente atacó al abuelo solo para ganar confianza y dinero?
Al ver desaparecer a Almendra escaleras arriba, Betina respiró tranquila.
—Papá, mamá, ya que todo está resuelto aquí, prefiero ir al hospital a cuidar al abuelo. No me quedo tranquila sabiendo que está solo.
Frida y Simón se conmovieron ante la actitud de la chica.
—Betina ha madurado mucho.
—Sí. Hija, hoy ha sido un día pesado para ti. Yo iré al hospital, tú quédate a descansar. Y no te agobies por lo que pasó —la consoló Frida.
Al fin y al cabo, Ulises era su padre biológico; debía ser duro para ella. Pero Betina insistió:

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