Betina apartó la mirada de Ulises y giró la cara con desprecio.
—¡Yo no tengo un padre como tú!
Luego, añadió con indignación:
—El abuelo me ha querido y consentido desde niña. ¿Y tú? Jamás cumpliste con tu responsabilidad de padre ni un solo día, y ahora vienes a hacer algo tan desalmado. ¿No tienes vergüenza?
Al decir esto, los ojos de Betina se llenaron de lágrimas.
Frida, al verla así, se acercó a consolarla:
—Betina, tampoco imaginamos que fuera capaz de algo así. Si has decidido entregarlo, que venga la policía y se lo lleve para que aprenda la lección.
Betina asintió con firmeza.
—Sí.
Ulises, al ver que su propia hija lo estaba hundiendo, estalló.
—¡Malagradecida! ¿Crees que vine aquí por gusto? ¡Fue por ti! ¡Y así me pagas, mandándome a la cárcel! ¡Eres igual de desnaturalizada que tu madre!
Ulises soltó pestes por esa boca, pero por muy enojado que estuviera, no se atrevió a revelar que estaba compinchado con Betina y Liliana. Si lo hacía, se acababa el juego para Betina también.
Lo que Ulises no entendía era por qué, si los Reyes le habían dado el poder de decisión, ella elegía refundirlo en el bote. ¿Por qué? ¡Él era su padre! Y lo peor es que todo lo había hecho siguiendo las instrucciones de Liliana, supuestamente por el bien de Betina. ¡Qué falta de gratitud!
Ulises se dio cuenta tarde de que Liliana y su propia hija lo habían usado de chivo expiatorio. Y encima, tenía que tragarse la verdad. Sentía que le iba a estallar el hígado del coraje.

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