En la sala de estar, la mesa estaba repleta de botanas y bocadillos, y el sofá estaba cubierto de regalos de todo tipo; la escena era exagerada.
Almendra no pudo evitar soltar una risa, sintiendo una calidez en el pecho.
—Enseguida. Ándale, vete a trabajar.
—Sí, señorita.
Tras el ventanal de piso a techo, se extendía la vista panorámica de la próspera zona de La Concordia.
Almendra tomó una bolsa de papas, la abrió y se sentó en la silla de mimbre junto a la ventana, observando la oficina de Cristian.
Sencilla, elegante y con clase.
Muy al estilo de Cristian.
Aunque, en ese momento, la zona de descanso... bueno, desentonaba bastante con el resto del lugar.
Unos diez minutos después, Cristian regresó de su reunión.
En realidad, al saber que Almendra había llegado, acortó la junta a propósito para no hacerla esperar.
Al ver entrar a Cristian, Almendra se levantó del sofá de inmediato.
—Cristian.
Cristian estaba feliz de que ella hubiera ido a buscarlo a la empresa y se apresuró a acercarse.
—Siéntate, siéntate. No sabía si te gustarían esas cosas, en la oficina la verdad no hay nada bueno para comer.
Sabía que Almendra no era como las chicas comunes, y quizás esas chucherías no fueran de su agrado.
Almendra levantó la bolsa que tenía en la mano.
—Están ricas.
Cristian sonrió.
—Qué bueno que no les haces el feo. ¿Qué te trae por acá?
Conociéndola, sabía que no habría venido personalmente si no fuera por algo importante.
Almendra guardó silencio un momento y bajó la voz.
—Hay problemas en la casa.
Cristian se quedó pasmado.
¿Un problema grave? ¿Cómo es que él no sabía nada?
—Alme, ¿qué pasó exactamente?
Cristian aún no había vuelto a la mansión Reyes, así que desconocía el asunto de Betina ordenando a Liliana que siguiera a Almendra.

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