Lorenzo asintió:
—Claro, así será, señora.
La señora Quintero no podía ocultar su felicidad.
Después de cenar, tomó a Inés de la mano y, con una mirada llena de malicia y complicidad, le susurró:
—Acompaña a Lorenzo a su cuarto. Y aprovecha bien la oportunidad.
Inés bajó la mirada, ocultando sus emociones con las pestañas, y soltó un suave "mjm".
Lorenzo e Inés subieron las escaleras, las luces del pasillo proyectaban sombras alargadas tras ellos. Al llegar a la puerta de la habitación de huéspedes, Inés retorció la tela de su vestido con los dedos, nerviosa.
—Lorenzo, ¿de verdad vas a…?
No terminó la frase. Lorenzo la jaló del brazo y la metió a la habitación de un tirón.
Abajo, Emanuel observaba la expresión triunfal de su esposa y comentó:
—Patricia, de verdad te agradezco todo lo que haces. Cuidar de la casa y además preocuparte por el futuro de Inés… Yo, con tanto trabajo, siento que no he cumplido como esposo ni como padre.
La señora Quintero, sorprendida por el repentino sentimentalismo, se quedó pasmada un instante antes de sonreír:
—Trabajas mucho, querido. Ayudarte en lo que puedo es mi deber.
Emanuel se acercó a ella, le tomó la mano y dijo con un tono sugestivo:
—Patricia, gracias. Ya es tarde, ¿vamos a descansar nosotros también?
Ante una insinuación tan directa, ella sabía perfectamente lo que él pretendía. El problema era que… a ella le gustaba la carne fresca, los jovencitos.
Emanuel no estaba mal, se conservaba bien, pero simplemente no le atraía. No le gustaba.
Lo miró y forzó una sonrisa:
—Has trabajado todo el día, debes estar agotado. Mejor duérmete temprano. Yo no sé qué tengo estos días, me siento muy cansada. Siento el cuerpo pesado, sin fuerzas. Mañana tendré que ir al médico.

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