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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1275

El policía reaccionó al instante; de un salto se abalanzó hacia el frente, agarró a uno de los asaltantes por el cuello de la camisa y lo tiró al suelo.

El otro ladrón intentó resistirse, pero el oficial le propinó una patada certera en la rodilla, haciéndolo caer de bruces mientras gritaba de dolor.

Tras un breve forcejeo, los dos delincuentes fueron sometidos con éxito.

Betina se dejó caer en su asiento, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas a punto de desbordarse.

Observó cómo el oficial esposaba a los asaltantes con movimientos expertos y sintió una oleada de gratitud.

—¿Se encuentra bien? —preguntó el policía acercándose a Betina con tono preocupado.

Ellos tenían órdenes de arriba de seguir a Betina en secreto para protegerla. Al parecer, Betina se había dado cuenta de que la seguían e intentó despistarlos, pero, sin querer, terminó metiéndose en ese callejón donde se topó con los asaltantes.

Betina negó con la cabeza, con la voz entrecortada:

—Gracias, estoy bien.

Bajó la mirada hacia su bolsa; el celular y la tarjeta negra seguían ahí, lo que la hizo suspirar aliviada. Lo único malo fue que esa carta se había caído a la alcantarilla.

Ni siquiera sabía qué estaba escrito en ella.

«Da igual —pensó—, la carta la escribió Liliana. Cuando salga, podré preguntarle directamente».

Los dos oficiales llevaron a Betina a la delegación para que rindiera su declaración. Durante el interrogatorio, Betina no mencionó nada sobre la tarjeta negra ni el celular; se limitó a narrar brevemente cómo ocurrió el asalto.

Al ver que ella no quería dar más detalles, los policías no insistieron. Notaron que su estado emocional no era el mejor y le sugirieron llamar a algún familiar para que fuera por ella, pero Betina se negó rotundamente.

Si fuera en el pasado, Betina no habría dudado en llamar a Simón y a Frida. Pero ahora... sentía que entre ella y sus padres existía un abismo imposible de cruzar.

Además, había salido hoy principalmente para recoger el regalo que Liliana le había dejado en una paquetería, y no quería que Simón y Frida se enteraran de eso.

Al salir de la delegación, Betina caminaba como aturdida. La mejilla todavía le ardía por el golpe, y sentía oleadas de miedo y pánico recorriéndole el cuerpo. Pero lo peor era la sensación de injusticia y soledad; no tenía a nadie con quien desahogarse.

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