Las palabras de Betina tocaron la fibra sensible del abuelo. Sin importarle que Almendra acababa de salvarle la vida y que tenía la mano herida, la miró con severidad.
—Reconozco que me salvaste, pero Betina solo se preocupaba por mi bienestar. No sigas acorralándola.
—Fue ella quien lo dijo —replicó Almendra con indiferencia—. ¿Por qué dice usted que la estoy acorralando?
El abuelo, furioso, tomó una decisión drástica.
—Si… si tanto insistes en que se arrodille ante ti, ¡entonces lo haré yo! Tómalo como el pago por haberme salvado la… ¡vida!
Dicho esto, el anciano hizo el amago de arrodillarse frente a Almendra.
—¡Abuelo, no! —gritó Betina, con el llanto ahogándola.
Simón se apresuró a sujetarlo.
—¡Papá! ¿Qué está haciendo?
Los empleados no se atrevían ni a respirar.
Cuando los patrones peleaban, los mortales como ellos no debían meterse.
Sin embargo, en este asunto… la señorita Betina no se estaba portando bien.
No solo se negaba a cumplir su palabra, sino que intentaba torcer la verdad para hacer quedar mal a la señorita Almendra.
Todos lo habían visto con sus propios ojos. Seguía siendo tan caprichosa, prepotente e irracional como siempre.
Y el señor Yago estaba cegado. ¿Acaso no veía que la señorita Almendra se había herido la mano para salvarlo?
Esa mano tan bonita, todavía sangrando…
—¿No es lo que quiere? ¿Que alguien se le arrodille? —insistió el abuelo, con los ojos también enrojecidos—. ¡Pues le agradezco que me haya salvado la vida!
Simón suspiró, resignado. Se levantó y miró a Almendra con una expresión de disculpa.
—Hija, mira…
Frida también le acarició el hombro con impotencia.

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