Dado que estaba dispuesta a estar con Fabián, ciertamente debía visitar a su madre.
—Yo también tenía pensado visitar a la señora.
Al escuchar esto, Esteban no podría estar más feliz.
—Alme, eres tan considerada. Si Fabián se porta mal, dímelo y el abuelo le romperá las piernas.
Todos se quedaron mudos.
El anciano ordenó a la cocina preparar un banquete con todos los platillos que le gustaban a Almendra.
Después del almuerzo, el coche de Fabián estaba a reventar de cosas. Como no cabía todo, llamaron a otro vehículo para cargar la montaña de regalos y que Almendra se los llevara.
Eran todos regalos que le gustarían a una chica, y además costosos.
El anciano los había preparado con antelación, esperando solo a que Almendra viniera para que se los llevara.
Su nieto mayor era un tronco para esas cosas, así que como abuelo tenía que echarle la mano.
Almendra no sabía qué decir.
—Don Esteban, de verdad es demasiado.
—No es mucho, no es mucho, con tal de que no lo desprecies. Cuídate mucho en la escuela, ¿entendido?
—Sí.
—Si alguien se atreve a molestarte de nuevo, el abuelo va y los pone en su lugar.
—Está bien.
Al subir al coche, Fabián y Almendra no regresaron a la residencia de la familia Reyes. Ordenaron a Martín y a los guardaespaldas que llevaran los regalos.
Martín estaba totalmente confundido:
—Jefe, ¿usted y la señorita Almendra…?
Fabián resopló con frialdad:
—¿Desde cuándo tengo que reportarte mis movimientos?
¡Martín no se atrevería!
Solo tenía curiosidad: si no iban en coche y no regresaban a casa de los Reyes, ¿qué iban a hacer?
Miró por la ventana y vio justo el Hotel Vista del Sol Andino.
Martín se dio una palmada en la frente; tuvo que admitir que él era el malpensado.
El lugar no estaba lejos de la escuela de Braulio Farías. Braulio rentaba un pequeño departamento por la zona.
Por supuesto, Braulio no le había dicho a Almendra el piso ni el número exacto, solo le pidió que no se preocupara, que se cuidaría bien.
Pero si Almendra quería saber, podía averiguar su ubicación exacta.
Había muchas unidades habitacionales cerca de la escuela: viejas, remodeladas y de lujo.
Almendra se orientó y se dirigió hacia un barrio viejo.
Cuanto más avanzaban, más estrechos eran los callejones y más deteriorado el entorno.
El ceño de Almendra se fruncía cada vez más.
Al llegar frente a una pequeña vecindad, antes de que Almendra pudiera confirmar la ubicación, escuchó una voz burlona y sarcástica desde el interior del patio:
—¿Braulio? ¿No que tu familia era la más rica? ¿Cómo es que ahora vives en este barrio de mala muerte como nosotros, los pobres?
—Jajaja, ¡qué hombre más rico ni qué nada! ¡No vale ni un centavo! ¡Que siga vivo es un milagro gracias a sus ancestros!
—¡Es un malagradecido! Él mismo mandó a sus padres a la cárcel, ¡se merece vivir en un basurero!

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