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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 349

La ventanilla del carro deportivo que lideraba el grupo bajó, revelando a un chavo guapo pelirrojo que miraba a Almendra y a los demás con una actitud de fanfarrón.

—¿Vaya, vaya? ¿No es este el equipo de motos del señor Mauricio?

Mauricio se quitó el casco y resopló en dirección al hombre.

—Señor Luis, con permiso, háganse a un lado. Sus compañeros están bloqueando el camino.

Luis Tapia sonrió con aire de patán.

—El camino es de todos, cada quien por su lado. Nosotros vamos por nuestro camino, ustedes por el suyo. Si me preguntas, más bien son ustedes los que nos están estorbando a nosotros.

El camino de La Grieta de Niebla era bastante ancho, pero en ese momento, eran los compañeros de Luis quienes ocupaban ambos carriles.

—¡Luis! ¿Tienes los ojos en la nuca o qué? Voltea y mira, ¿no ves que tu equipo está bloqueando el paso? —le espetó Mauricio con frialdad.

Pero a Luis no le importó. Apoyó un brazo en la ventanilla, manteniendo su misma cara de gandalla.

—¿Y qué si tengo los ojos en la nuca? Yo no veo que estén estorbando. Más bien ustedes nos están bloqueando el paso.

—Estás ciego —dijo una voz femenina y fría, lo que hizo que Luis arqueara las cejas con sorpresa—: ¡Órale! ¿Y esta muñequita?

Mauricio gritó furioso:

—¡Luis, cierra la boca! Ella es…

—Ah, ya sé. Esta chavita debe ser la que te ayudó a darle su merecido a Neil la última vez, ¿verdad? Vaya, Mauricio, sí que eres un bueno para nada. Un montón de tipos grandulones que no pueden ni con unos extranjeros y necesitan que una escuincla les saque las castañas del fuego. ¿No te da vergüenza que se sepa?

Mientras hablaba, Luis negaba con la cabeza y chasqueaba la lengua, como si fuera el mandamás del universo.

La cara de Mauricio se puso roja de la ira.

—¡Luis! ¡Tú no eres mucho mejor! ¿Acaso no perdiste también contra los extranjeros en las carreras?

—¡Mierda!

Luis maldijo, furioso.

—¿De qué presumes tanto, Mauricio? ¡Al final, necesitaste que una mujer te defendiera, mantenido!

—Luis, dicen que los ojos chicos son más listos, pero los tuyos ni para eso sirven. Ella es la diosa de las motos. Con tu nivel, no eres digno ni de lustrarle las botas —resopló Mauricio.

Luis estaba a punto de explotar de la rabia, pero la lengua de Mauricio era tan venenosa que parecía que había desayunado veneno. No podía ganarle en una discusión.

—¡Tú, mantenido! ¡Mis ojos, incluso entrecerrados, son más grandes que los tuyos! ¿Ella? ¿La diosa de las motos? —La mirada despectiva de Luis se posó en Almendra.

Por su figura, parecía una chica sexy y tenía un aire bastante cool, pero ¿cómo sería de cara?

—Oye, muñeca, ya que Mauricio te tiene en tan alta estima, ¿qué tal si compites contra tu amigo aquí presente? ¿Sabes manejar? ¿Quieres que te enseñe?

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