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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 348

Mauricio se quedó de a seis.

¿Por qué las cosas no estaban saliendo como de costumbre?

Sus compañeros de equipo también tenían cara de que se les había acabado el mundo.

Con Fabián siguiéndolos, sentían como si tuvieran a un instructor del infierno pisándoles los talones.

Almendra los miró a todos y dijo:

—Corran con cuidado, la seguridad es primero. Quiero ver de qué están hechos.

Todos asintieron.

Con una señal de Mauricio, las siete motocicletas estacionadas una al lado de la otra arrancaron como caballos salvajes desbocados, pasando zumbando a una velocidad vertiginosa.

El rugido de los motores era ensordecedor, como un gruñido de la tierra o un bramido del cielo. Cada piloto se inclinaba hacia adelante, agarrando con fuerza el manubrio, con la mirada firme y concentrada. Parecían haberse fusionado con sus máquinas, convirtiéndose en la encarnación de la velocidad y la pasión.

Las siete motos se perseguían, a veces emparejándose, a veces rebasándose. Las ruedas giraban a toda velocidad, levantando una polvareda que formaba una neblina detrás de ellos, como el humo en un campo de batalla.

En un mirador en una curva del cañón, un anciano con un sombrero de estilo británico y un atuendo casual de color gris oscuro observaba la escena con unos binoculares, sin poder contener su asombro.

—¡Ay, ay, ay! ¡Mi nietecita es de lo más cool!

No era otro que el señor Esteban.

El anciano estaba aburrido en casa y, cuando escuchó a Mauricio decir que iba a competir con Almendra esa noche y que además tendrían un pícnic, no dudó en unirse a ellos.

Justo debajo de él, un grupo de sirvientes preparaba el área para el pícnic.

Al principio, Almendra se mantuvo en la retaguardia del grupo. Después de observarlos por un tiempo, aceleró a fondo y pasó del último lugar al primero de un solo tirón.

Mauricio, que iba a la cabeza, soltó un «¡No manches!» y se esforzó por alcanzarla, pero no había manera.

El nivel de Almendra en la motocicleta era simplemente insondable.

El señor Esteban, que observaba todo con sus binoculares, se rio a carcajadas.

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