La familia Campos era medianamente reconocida en La Concordia, por lo que Andrés había crecido como un niño mimado, arrogante y consentido. Se pasaba los días sin hacer nada, navegando por distintas plataformas, viendo fotos de chicas guapas, gastando fortunas en regalos virtuales para subir de nivel y dejándose adular por otros usuarios. Poco a poco, se había perdido en esa falsa sensación de superioridad.
Hacía tiempo que conocía a la *streamer* «doctora Alma». Al principio, le había enviado mensajes privados para invitarla a salir, pero nunca obtuvo respuesta. Claro, Almendra probablemente ni se enteró, pues recibía tantos mensajes al día que era imposible verlos todos.
Pero Andrés se sintió ofendido. Que una simple *streamer* lo ignorara le pareció una afrenta, así que se unió al grupo de sus *haters* y se dedicó a difamarla. Hace un par de días, aprovechando que Almendra había desaparecido de la red, publicó que la «doctora Alma» era una estafadora que se había fugado con el dinero. Lo que no esperaba era que un tal «Sr. Fabián» se fijara en él.
¿Cómo iba a imaginar que ese usuario de nivel 0 era en realidad un pez gordo encubierto? Con solo su nombre de usuario, había investigado toda su vida.
Al principio, cuando recibió una llamada anónima advirtiéndole que se largara de La Concordia, no le dio importancia. Pero en solo dos días, todos los socios comerciales de su familia, grandes y pequeños, empezaron a cancelar sus contratos. Cuando sus padres preguntaron por qué, la respuesta fue siempre la misma: «Su hijo se metió con la persona equivocada, y nosotros no podemos arriesgarnos».
Ahora ya era tarde para arrepentirse. Todo estaba perdido. Si querían volver a empezar, tendrían que irse de La Concordia y buscar suerte en otro lugar.
***
Después de responderle a Andrés, Almendra lo pensó un momento y le envió un mensaje a Fabián.
[Gracias por lo del tipo Campos.]
Al fin y al cabo, lo había hecho para defenderla.
Una sonrisa encantadora se dibujó en los labios de Fabián.
[Salvarme la vida es un favor mucho mayor. Deshacerse de un bueno para nada es lo mínimo que podía hacer.]
[Yo te salvé, tú me ayudaste con lo del hater y gastaste dos millones. Estamos a mano.]
[¿De verdad no quieres que nos veamos?]
Fabián admitió para sus adentros que nunca se había sentido tan humilde, o más bien, nunca había sido tan atento y amable con una mujer. Quizás fue la pureza con la que lo salvó sin pedir nada a cambio lo que lo conmovió. O quizás… fue ese beso inesperado lo que hacía que no pudiera sacársela de la cabeza. Era una sensación intensa y desconocida, impulsiva y peligrosa.
Almendra respondió sin dudar.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada