Almendra se dio la vuelta y la miró con frialdad.
—¿Qué quieres decir?
Betina suspiró con fingida resignación.
—Mira, para Fabián y para mí, durante los últimos dieciocho años, la idea siempre fue que él se casaría conmigo y yo con él. Pero… el destino nos jugó una mala pasada. Quizás por eso no quiso verte, porque no puede aceptar la realidad. No lo culpes.
—¿Ya terminaste? Si es así, me voy a mi cuarto.
Dicho esto, Almendra entró y cerró la puerta de un portazo.
Betina no le caía bien.
Se quitó la mochila con fastidio y, en ese momento, su celular vibró. Lo sacó y vio que era una llamada de voz de la plataforma de *streaming*. El usuario era «Fabián».
Sin pensarlo dos veces, la rechazó.
Fabián era el primero que se atrevía a dejarla plantada.
***
Fabián, lejos de enojarse al ver que había rechazado su llamada, sonrió.
«Está conectada».
Le había enviado un montón de mensajes ese día y no había respondido a ninguno.
Lo pensó un momento y le escribió otro mensaje:
[Alme, ¿vas a transmitir esta noche?]
Almendra se dio una ducha, se secó el pelo y solo entonces revisó su celular. Vio el mensaje que Fabián le había enviado por la plataforma y respondió con una sola palabra:
[No.]
Estos últimos días había estado en el centro de atención, y ahora internet estaba lleno de noticias sobre ella. Anoche ya se lo había explicado a sus seguidores; necesitaba que las cosas se calmaran un poco. Mantener un perfil tan alto por mucho tiempo no era bueno. Todavía no quería que se revelara su identidad.
Después de responderle a Fabián, vio que tenía otra llamada de voz perdida. Era del usuario que la había difamado: «Sr. Andrés».
Ella no era ninguna santa. No era de las que ponen la otra mejilla. Como adulto, uno tiene que hacerse responsable de sus actos.
***
Al mismo tiempo, Andrés, que por fin había recibido una respuesta de Almendra, se desplomó en el suelo, con el rostro pálido.
A su lado, su familia, que esperaba ansiosa, se acercó de inmediato.
—¿Qué pasó? ¿Esa tal doctora Alma no quiso?
Andrés negó con la cabeza, todavía en shock.
—No quiso.
Al oírlo, su padre le dio una patada.
—¡Inútil! —le gritó—. ¡Todo el imperio que construí con tanto esfuerzo en La Concordia lo echaste a perder por tu culpa! ¡Maldita sea!

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