Almendra sonrió levemente, irradiando una confianza cautivadora: —Nos gusta ganarnos las cosas por nuestra cuenta.
Félix se quedó pasmado.
«¡Madres! ¡La diosa Alme se ve increíble cuando sonríe!»
Elvira y Mireya se taparon la boca para reírse al unísono.
—Almendra, ¿estás soñando? Dejando de lado que son solo cuatro, mira a esas dos, ni pararse pueden. ¿Y así quieren ganar?
Almendra miró a Elvira con altivez: —El hecho de que descansen ahora significa que ya vencieron al ochenta por ciento. En los próximos siete días, ¿quién te asegura que no podemos ganar? Ustedes se ven muy frescos ahorita, pero ¿estás segura de que aguantarán así los siete días?
Elvira sintió un piquete de inseguridad ante las palabras de Almendra, pero resopló con arrogancia: —¡Almendra, aunque pase lo que pase, ustedes no van a ganar! ¡El primer lugar es nuestro!
Aurora y Natalia se levantaron de un salto, con las manos en la cintura y actitud retadora: —¡El primer lugar es nuestro!
Aunque tenían sus dudas, ¡jamás admitirían ser menos que Elvira!
Además, con Almendra y Agustín, ¿quién dice que no?
Elvira se rio estrepitosamente: —¡Si ustedes ganan, me cambio el nombre!
Almendra arqueó la ceja: —¿Ah, sí? ¿Tan segura estás?
Mireya bufó: —¡Por supuesto!
—Si quieren apostar y están tan seguros, vamos a apostar fuerte —dijo Almendra.
Elvira la miró con recelo: —Almendra, ¿qué tramas ahora?
Almendra mantuvo la calma: —Nada, solo quiero una apuesta. ¿O te da miedo?

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