La expresión de Fabián se petrificó en un segundo.
De repente, empezó a dudar de su existencia.
Dante ya le había dado una puñalada por la espalda, ¿y ahora Almendra quería rematarlo?
Miró a Almendra con cara de dolido, pero su tono fue firme:
—Jamás te daré la oportunidad de considerar a nadie más.
Dicho esto, levantó a Almendra y la sentó sobre sus piernas de manera dominante.
Almendra era muy esbelta, especialmente junto a Fabián, lo que la hacía parecer aún más delicada.
Pero era esa misma chica la que podía derribar a docenas de hombres corpulentos o incluso a sicarios profesionales con sus propias manos.
Fabián enterró la barbilla en el cuello perfumado de Almendra; su voz sonaba magnética y con un toque de locura:
—Alme, si te atreves a abandonarme, te mostraré lo loco que puede volverse un hombre por la mujer que ama.
Antes de llegar a la casa de la familia Ortega, entró una videollamada de Esteban, directamente al celular de Almendra.
Al contestar la videollamada, Almendra saludó cortésmente:
—Don Esteban.
Esteban no cabía en sí de la alegría y soltó una carcajada:
—Alme, ¿por dónde vienen tú y Fabián?
—Llegamos en cinco minutos.
—¡Bien, bien! El abuelo los espera.
A Fabián le tembló el párpado. ¿Cuándo había sido el viejo tan cariñoso con ellos?
¡Nunca!
Pronto, el coche se detuvo frente a la mansión de la familia Ortega. El abuelo ya estaba esperando ansiosamente en la puerta principal.
Al ver el coche, casi saltó de la emoción.
—¡Alme!
El anciano, apoyado en su bastón, saludaba a Almendra con los ojos entrecerrados por la sonrisa.


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