Al escuchar esto, Rebeca entró en pánico.
Miró a Benicio: —Mi amor, ¿de qué está hablando? ¿Cómo que de repente tenemos dos demandas encima?
Benicio, furioso, se volvió hacia ella y le gritó: —¡Eres una estúpida! ¡Por culpa de ustedes hoy me van a arruinar!
Como había dos oficiales de policía presentes, por más palancas que Benicio tuviera en La Concordia, si la autoridad le exigía ir a la comisaría a declarar, no le quedaba de otra que obedecer.
¡Esa mujer y su hijo de verdad iban a ser su perdición!
Desde el momento en que Almendra vio llegar a Rebeca, notó que la ropa que traía puesta era pirata.
Muchos talleres clandestinos solían copiar los diseños de CASA ALMA. Sin embargo, al recibir denuncias o descubrirlos ellos mismos, iniciaban procesos legales. Con el tiempo, se corrió la voz de que CASA ALMA no se andaba con juegos contra la piratería, y los fabricantes dejaron de atreverse a copiarlos.
Pero Textil Velox S.A. era diferente. Antes, a la empresa no le iba bien y a nadie le importaba si los plagiaban o no.
Ahora, el nombre de Textil Velox S.A. era conocido por todos. En los últimos dos meses, las ventas se habían disparado a una velocidad aterradora y los pedidos estaban a reventar.
Por eso, algunos fabricantes oportunistas habían vuelto a las andadas con las copias.
Almendra había estado tan ocupada últimamente que no había tenido tiempo de ocuparse de esos plagios, pero hoy Rebeca se le había puesto de pechito. Ahora no tenía más remedio que actuar.
Al principio, Álvaro se había puesto muy gallito, creyendo que Almendra no era más que una muerta de hambre que andaba en una bicicleta vieja. Pero cuando ella reveló su identidad a raíz del asunto del plagio, todos se quedaron helados.
—¿La directora general de Textil Velox S.A.? —Benicio miró a Almendra, incrédulo.
Rebeca seguía sin poder creerlo: —Viejo, es imposible que sea la directora de Textil Velox. Salió de Atlamaya; su familia biológica no tiene ni en qué caerse muerta. ¡Seguro nos está chamaqueando!
—¡Cállate la boca! —Benicio respiraba con dificultad. Miró a Almendra—: ¿Usted es... es la maestra Alma?
Almendra asintió levemente: —Soy yo.
Al oír eso, Benicio sintió que las fuerzas lo abandonaban.
«Ya valió», pensó. Esta vez sí habían topado con pared.
Al escuchar esto, no solo Rebeca, sino también Álvaro se quedó pasmado.
—Don Benicio, no me puede dejar morir solo.
—Mi amor... ¿te volviste loco? No puedes divorciarte de mí, ¡no nos puedes abandonar así! —Rebeca ahora sí estaba en pánico; se había puesto pálida.
Aunque Benicio era viejo y tenía una familia que mantener, ¡tenía dinero!
Le daba quinientos mil pesos mensuales para sus gastos, además de coches de lujo, mansiones y joyas; le cumplía cualquier capricho.
Pero si se divorciaban, ¡ella se quedaría sin nada!
Benicio puso cara de fastidio: —Ustedes dos son un dolor de cabeza. Búscate a otro que te mantenga. ¡En cuanto salgamos de la delegación vamos a tramitar el divorcio! Y aunque no estés de acuerdo, si yo quiero, ¡nos divorciamos igual!
Al oír aquello, Rebeca sintió una mezcla de ansiedad y furia. Sin saber dónde desquitar su coraje, levantó la mano y le dio un tremendo zape a Álvaro en la nuca: —¡Inútil, todo esto es culpa tuya! ¿Por qué tenías que ir a molestarlos si estabas tan tranquilo? ¡Ve ahora mismo a pedirles perdón a Braulio y a Almendra! ¡Ponte de rodillas y discúlpate!

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