Sus padres y el abuelo no querían hacerle el feo a Betina, así que allá ellos si querían comer eso.
Betina escuchaba las llamadas a un lado. Al oír que ni Cristian ni Marcelo volverían, su rostro se ensombreció.
En ese momento, se oyó la voz de la empleada doméstica:
—Señorita Almendra, señor Fabián.
Frida puso cara de sorpresa. Su hija había vuelto.
—Alme, Fabián, llegaron. Betina justo preparó la cena.
Almendra y Fabián habían planeado comer en casa antes de irse a la universidad, pero al ver que Betina estaba haciendo su show en la cocina, cambiaron de opinión.
Mejor no.
—Má, tengo prisa para llegar a la uni, todavía no hago la maleta. No voy a cenar aquí.
—¿Ah?
Fabián intervino:
—Señora Frida, ya reservé en un restaurante cerca de la universidad de Alme. La llevaré a cenar allá y luego la dejaré en su dormitorio.
—Oh…
Betina parpadeó inocentemente y miró a Fabián y a Almendra con cara de perrito atropellado.
—Hermana, yo… yo también voy a la escuela. ¿Podrían darme un aventón?
Antes de que Almendra hablara, Fabián dijo con cara inexpresiva:
—No. Tenemos cosas que hacer.
Betina apretó el borde de su ropa y bajó la mirada, decepcionada.
Frida sonrió:
—No te preocupes, Betina, el chofer te llevará en un rato.
Betina forzó una sonrisa y miró a Frida con un toque de victimismo:
—Está bien, mamá.
Almendra subió por su equipaje y se fue con Fabián. Betina miró la mesa llena de platos en los que había trabajado toda la tarde y clavó las uñas en sus palmas.
Frida la consoló:
—No pasa nada, tu papá ya va a llegar. Comeremos con tu abuelo.
Betina asintió sonriendo:
—Sí.
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