Si realmente no hubiera podido sacar ese dinero, habría sido una vergüenza total, y Betina seguramente lo habría despreciado.
—Esperen un momento, la tarjeta viene en camino.
En cuanto Mateo dijo eso, Betina irguió el cuello con orgullo.
No esperaba que Mateo realmente pudiera conseguir tanto dinero de golpe. Aunque Betina era la hija de la familia más rica y había crecido entre lujos, nunca había tenido acceso a tanto efectivo en un solo instante.
Mateo no carecía de virtudes; al menos, sabía satisfacer su vanidad y evitaba que quedara mal frente a Almendra y Fabián.
Muy pronto, Zulema llegó corriendo como un torbellino.
Al ver a Betina se quedó un poco aturdida. Como Fabián y Almendra no se habían quitado las gorras ni los cubrebocas, no reconoció a Fabián de inmediato.
—¡Mateo! ¡Ven aquí ahora mismo!
Zulema arrastró a Mateo a un lado en voz baja y le preguntó qué estaba pasando.
Mateo no tuvo más remedio que explicarle la situación brevemente. Zulema sintió que a su hermano no solo se le había metido agua en el cerebro, sino que estaba tan lleno que se le desbordaba al moverse.
—¿Estás loco? Betina es la prometida de Fabián, ¡cómo se te ocurre enredarte con ella!
Zulema sabía que su hermano estaba enamorado de Betina en secreto y siempre le había aconsejado que abandonara esa idea cuanto antes.
¡No podía creer que siguiera con esa obsesión!
¡La iba a matar del coraje!
—Fabián se enamoró de otra, ella no se casará con la familia Ortega. ¿No es esto el destino dándome una oportunidad?
—¿Tienes aserrín en la cabeza? ¡No estoy de acuerdo con que estés con ella! ¡Y además, no te permitiré comprar estas cosas hoy!
Mateo sabía que si su hermana se enteraba de los detalles, no le daría el dinero fácilmente.
Los dos hermanos discutían en voz baja, pero Betina alcanzó a escuchar algo y su rostro se puso lívido.
Ja, como si ella, Betina, estuviera desesperada por esas joyas. ¡Tenía montones de cosas mejores en casa!
—Mateo, olvídalo. Ya no quiero esas cosas, déjaselas a ellos.
Dicho esto, Betina empezó a caminar para irse.
Mateo entró en pánico y corrió tras ella.
—¡Betina! Dije que te las regalaría y te las regalaré. ¿Puedes esperar un poco más, por favor?
Betina mostró una cara de desdén.
—Si no tienes tanto dinero, ¿para qué compites con ellos? ¿Crees que soy tan vanidosa? Esas cosas me sobran en casa; tengo un montón con mayor valor de colección. ¡Así que no necesito que pidas dinero prestado para comprarme nada!

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