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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 842

Con las palabras de Fabián, ¡todos se quedaron helados otra vez!

¿El triple?

¡No mames, están locos con tanto dinero!

Para ellos, simples empleados asalariados, ya no digamos miles de millones, incluso unos cuantos millones eran un sueño inalcanzable.

Y estos dos hablaban de duplicar y triplicar precios como si nada.

¡Betina no podía creer que Fabián llegara a tal extremo por Almendra!

Ni hablar del triple, incluso el doble era una suma astronómica para ella.

¡Estaban insultando a Mateo, y por extensión, la insultaban a ella!

Almendra no podía estar más resignada. Fabián trataba la tienda como si fuera una casa de subastas.

Mateo tampoco esperaba que Fabián triplicara la oferta.

¿Se creía que por tener dinero podía mirar a todos por encima del hombro?

Pero ahora Mateo estaba entre la espada y la pared. Si no subía la apuesta, no solo Betina lo despreciaría, sino que Fabián y la Maestra de la Melodía se burlarían de él.

En cuanto al dinero... ya se le ocurriría algo.

—¡Pago un sobreprecio del 50% si me los llevo yo ahora mismo! —soltó Mateo apretando los dientes.

Almendra no esperaba que Mateo estuviera tan obsesionado con Betina.

Betina también estaba sorprendida, pero luego pensó: si Mateo no podía desembolsar unos cuantos miles de millones, ¿cómo podría ser digno de ella, la hija de la familia más rica? El hombre que estuviera a su lado debía tener el poder de gastar dinero como si fuera agua.

Al escuchar esto, Fabián iba a decir algo más, pero Almendra se adelantó:

—Pues que se los quede. No vamos a pelear con él.

Fabián miró a Almendra con insatisfacción.

—¿Cómo? No existe razón para que alguien más se lleve lo que yo te quiero regalar.

—¿Tienes más dinero que cerebro? Hoy ya compramos suficiente, no tengo espacio en mi habitación. Si este caballero tiene tantas ganas de dar regalos, hagamos una buena obra y dejemos que se los lleve.

La verdad era que la habitación de Almendra estaba atiborrada de regalos; el ochenta por ciento seguían nuevos y sin abrir.

Al terminar, miró a Mateo con una expresión significativa:

Zulema sentía que su hermano actuaba muy extraño ese día, así que tenía que saber a dónde iría a parar ese dinero.

Mateo no fue claro, solo la apresuró:

—Hermana, préstame el dinero primero. Te dejaré mis acciones de la compañía como garantía.

Mateo no tenía tanta liquidez en ese momento, así que solo podía usar sus acciones como aval para Zulema.

Zulema pensó sinceramente que su hermano se había vuelto loco, pero no podía negarse de buenas a primeras, así que dijo:

—Está bien, pero mi tarjeta tiene límite de transferencia y requiere reconocimiento facial para pagos grandes. ¿Dónde estás? Voy para allá.

Mateo guardó silencio un momento. No quería que Zulema supiera lo de hoy, ni tampoco quería que la familia se enterara.

Pero no tenía otra opción más que pedir ayuda a su hermana.

—Te mando la ubicación.

—De acuerdo.

Tras arreglar el asunto del dinero con Zulema, Mateo sintió que una enorme roca se le quitaba de encima y soltó un largo suspiro de alivio.

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