Al escuchar aquello, ¡Zulema sintió unas ganas inmensas de darle una cachetada a Mateo para que reaccionara!
—Dame esas cosas, voy a devolverlas.
Al oír esto, Mateo dejó de insistir con lo de la disculpa y salió corriendo hacia Betina cargando las cajas de regalo.
—Betina, mira, todos estos son los modelos nuevos que te gustaron. Los pondré en tu coche.
Betina se hizo la difícil:
—¡Dije que no los quiero! ¡Devuélvelos!
—Betina, por ti estoy dispuesto a quedarme en la ruina si es necesario, y más si es solo para darte unos regalos. Yo... solo quiero estar contigo.
Mateo miraba a Betina con profunda devoción.
Si Betina no necesitara a Mateo en ese momento, ni siquiera se habría molestado en mirarlo.
—Yo no quiero que te quedes en la ruina —resopló ella suavemente.
Al ver que Betina ya no estaba tan enfadada, Mateo sintió que sus nervios se relajaban.
—Lo sé, era solo una forma de hablar.
—Bueno, ya estoy cansada. Me voy a casa.
—Eso no puede ser. Ya reservé en un restaurante, cenemos antes de que te vayas.
Betina guardó silencio, pensándolo.
Mateo insistió:
—Betina, ya es tarde, no puedo dejar que te vayas con el estómago vacío.
Betina finalmente asintió.
—Está bien.
Al ver que aceptaba, Mateo respiró aliviado.
Almendra y Fabián cenaron y luego regresaron a la residencia de la familia Reyes.
Frida y Simón se sorprendieron al ver a los empleados de la casa cargando bolsas y más bolsas.
—¿Compraron tantas cosas?
Almendra asintió.
—Sí, Fabián insistió en comprar. Ah, también hay para ustedes y para el abuelo.
Fabián sabía ganarse a la gente; compró regalos para toda la familia de ella. Excepto, claro está, para Betina.
—¿Ah, sí? Fabián es muy atento.
El corazón de Betina dio un vuelco y maldijo a Mateo internamente.
Fabián sabía que tenía que comprar cosas para la familia Reyes, pero Mateo, ese descerebrado, ni siquiera lo pensó.
Definitivamente, ¡el tonto de Mateo jamás se compararía con Fabián!
Al día siguiente por la tarde, Almendra regresó a la escuela.
Justo al llegar frente al dormitorio, se topó con Susana.
A pesar del calor, Susana iba completamente cubierta; salvo sus ojos y sus manos, el resto de su piel estaba oculta bajo la ropa.
Al ver a Almendra, esos ojos destellaron con un brillo gélido y siniestro.
Almendra frunció levemente el ceño; percibía que el aura de Susana había cambiado.
Susana se quedó mirando fijamente a Almendra sin decir palabra, pero tampoco se apartó.
Almendra arqueó una ceja.
—¿Tan tapada? ¿No tienes calor?
La mirada de Susana se volvió venenosa de repente.
—Y tú con tan poca ropa, ¿a quién planeas seducir ahora?

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