Almendra clavó una mirada gélida en el prepotente de Salvador y dijo con voz tajante:
—¡Aunque el director esté infectado, eso no le da derecho a un simple director de área a andar de brabucón!
Luego miró a Flavio:
—¿Dónde están el subdirector y los catedráticos?
Flavio bajó la cabeza aún más. No tenía el valor para responderle.
Al ver esto, Salvador se rió con más ganas:
—Mocosa, ya te dije que aquí se hace lo que yo digo. Deja de gastar saliva y saca tu cédula de una vez.
Almendra ya había entendido todo.
—¿O sea que el director, el subdirector y los catedráticos están todos infectados?
Flavio asintió con pesadez:
—Doctora Reyes, la capacidad de contagio del virus es brutal, no pudimos evitarlo. En serio, mejor regrésense, ¡esto es muy peligroso!
Almendra sacó su celular, marcó un número y puso el altavoz.
Salvador la miró con suficiencia y bufó:
—Deja de hacerle al cuento. Si no tienes capacidad, lárgate y que venga alguien que sí sepa, no nos hagas perder el tiempo.
El teléfono sonó dos veces y contestaron rápido. Se escuchó la voz de Lautaro:
—Mi niña, ¿ya llegaron? ¿Cómo está la situación allá?
A Flavio le brillaron los ojos:
—¡Es el señor Lautaro!
A Salvador se le borró la sonrisa.
—La situación está pésima. El director y toda la plana mayor están infectados, y ahora un directorcillo sin ética está dando órdenes a lo tonto.
El comentario de Almendra hizo que Salvador echara humo del coraje.
Lautaro estaba impactado:
—¿Qué? ¡Si me dijeron que solo había quince casos! ¡Que no era grave!
—Habrá que preguntar quién pasó ese reporte. Jugar con la vida de la gente merece un castigo ejemplar —dijo Almendra mirando fríamente a Salvador.
Lautaro estaba furioso:

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