Las enfermeras del módulo y otros doctores que escucharon el alboroto se acercaron. Al oír que Almendra traía la cura, se armó un revuelo.
—Gracias a Dios, por fin hay una cura.
—Mi mamá se va a salvar. Si no hubiera venido a traerme comida, no se habría contagiado. ¡Está muy grave! ¡Doctora Reyes, por favor sálvelos!
—Sí, doctora. Este virus es horrible, ya se ha muerto mucha gente aquí en el hospital…
—Doctora Reyes, la cosa está muy fea. Si de verdad tiene la cura, por piedad vaya a ayudarlos.
El personal médico no pudo aguantar más y rompió en llanto; tenían el miedo pintado en la cara.
Salvador los miró con furia:
—¡Están todos locos o qué! ¡Dejen de decir sandeces!
Flavio ya no quiso seguir tapando el sol con un dedo. Con los ojos rojos, miró a Salvador:
—Director Salvador, si la doctora Reyes trae la cura, no hay por qué ocultarle nada. ¡Lo importante es resolver esto y que los pacientes se salven!
Desde que el virus apareció en la frontera, todo el personal se había partido el lomo luchando contra él. Pero por alguna razón, entre más se esforzaban, más gente se contagiaba. Los directivos habían caído uno tras otro, y los muertos aumentaban diario.
Estaban al borde del colapso, sin saber cuándo pararía esta pesadilla.
Pero el director Salvador había bloqueado toda la información, alegando que no quería que los de arriba los culparan por mala gestión, y que debían esperar a que el instituto mandara la cura. Ellos no sabían si estaba bien o mal, pero al ver que la gente afuera seguía su vida normal sin sentir el peligro, pensaron que tal vez ocultarlo para no causar pánico era lo correcto.
Ahora que por fin llegaba la cura, Salvador ponía trabas y no quería decir la verdad, y eso ya no les cuadraba.
Salvador, viendo que los ánimos se caldeaban, levantó la mano pidiendo silencio.
—¡No se alteren! Solo quiero verificar quiénes son. Lo hago por su seguridad. Si de verdad traen la cura, obvio no los voy a detener. ¡Es que me da miedo que su medicina sea patito!
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