En realidad, la fama de «genio matemático» de Betina estaba bastante inflada.
¿Y de dónde venía ese inflado? Pues de su estatus como hija de la familia más rica.
Desde que empezaron las clases, se había dedicado a comprar voluntades, haciendo que todos la elogiaran y apoyaran. Sumado a que tenía cierto talento real, la gente le colgó la etiqueta de genio. Pero hoy, comparada con Almendra, la diferencia era abismal.
Betina no esperaba que el talento matemático de Almendra fuera tan elevado.
Su plan era que Almendra quedara como un payaso frente a todos, ¡pero ahora la payasa era ella y Almendra era la genio aclamada!
¿Por qué?
¿Por qué Almendra tenía que robarle el protagonismo en todo?
Al escuchar los murmullos de los compañeros, Betina deseó que la tierra se la tragara.
Finalmente, Almendra dejó de escribir.
Una pizarra llena de genialidad que dejó a todos boquiabiertos.
—Ahí está todo el proceso.
Dijo Almendra con indiferencia, dejando el marcador en su sitio.
Al profesor Figueroa le temblaban las manos de la emoción.
—¡Perfecto! ¡Simplemente perfecto!
El anciano aplaudió con fuerza. En un instante, el auditorio estalló en un aplauso atronador, mezclado con vítores y gritos de los estudiantes.
—¡Almendra es una diosa!
—¡Esa es mi ídola!
—¡Bravo, Almendra!
Elian, al ver la escena, se quedó con la mirada dura.
¡No esperaba que esta Almendra tuviera verdadero talento!
No solo no quedó en ridículo, sino que se llevó toda la gloria.
Almendra, ya fuera a propósito o no, pareció lanzarle una mirada de reojo. Él sintió un escalofrío y apretó los puños involuntariamente.


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