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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 945

Almendra soltó un bufido y siguió caminando.

Silvia estaba fuera de sí:

—¡Almendra, no te vayas! ¡Te reto a un duelo!

Almendra ni volteó:

—No me interesa.

Silvia casi explota de la rabia e intentó perseguirla, pero Laura la detuvo.

—Silvia, déjalo así.

—¡Laura! ¡La cachetada me la dio a mí, no a ti! ¡Qué fácil es decir que lo deje!

Laura frunció el ceño:

—Sé que estás enojada, pero lo que dijo Almendra sonó raro. ¿Y si hay algo que no sabemos?

—¡Qué va a haber! ¡Es una prepotente! Con razón Betina sufre tanto por su culpa. ¡Es una víbora!

Apretó los puños, deseando más que nunca darle su merecido.

Originalmente, había planeado con Betina retar a Almendra a un duelo de violín. Silvia era una virtuosa, ganadora de premios nacionales, y quería usar eso para humillar a la "pueblerina" inculta frente a todos.

Pero Almendra resultó ser más altanera de lo que esperaban.

—Silvia, piénsalo. Si Almendra solo fuera una ahijada, ¿cómo tendría tantos privilegios? Además, nos mandó a preguntarle a Betina quién es la verdadera hija. ¿Qué quiso decir con eso?

Laura siempre había tenido dudas. La familia Reyes trataba a Almendra demasiado bien, le perdonaban todo. Si fuera solo una ahijada, ¿cómo permitirían que le bajara el prometido a su hija biológica?

No tenía lógica.

Pero Silvia estaba cegada por la ira y el dolor del golpe. Solo pensaba en vengarse, diez o cien veces más fuerte.

Almendra salió de la escuela y vio un auto negro de lujo estacionado en un lugar muy visible. Reconoció la matrícula al instante: era el coche de Fabián.

Fabián asintió con aire de saberlo todo:

—¿Invitó Osiel?

Almendra se rió:

—Las noticias vuelan.

—¿Y lo hiciste correr encuerado? —preguntó Fabián, un poco celoso. ¿Acaso él no era suficiente? ¿Quería ver a otros hombres desnudos?

Menos mal que Almendra no fue, o él mismo habría entrado a la escuela a sacarla.

—Fue él quien empezó a molestar, queriendo defender a Isidora. Solo quería darle una lección. Pero como se portó decente e invitó la comida para Eva y para mí, se la perdoné.

Fabián hizo una mueca.

—Si te quedaste con ganas de ver algo, puedo sacrificarme y dejar que me admires a mí.

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