Martín, que iba conduciendo, casi estampa el coche contra un árbol.
¡Jefe! ¿Y su dignidad?
Almendra lo miró con picardía:
—¿Te importa si invito a unas amigas a mirar también?
A Fabián se le borró la sonrisa al instante:
—¡Alme!
En menos de un día, el nombre de Almendra Reyes se había llenado de títulos gloriosos.
La estudiante con puntaje perfecto.
Genio de la medicina.
Crack de las matemáticas.
Diosa de la informática...
Parecía que no había nada que no supiera hacer.
Su puntaje perfecto era indiscutible.
Por otro lado, Elvira Sandoval, a quien antes llamaban la genio de la medicina, había caído de su pedestal estrepitosamente.
La Asociación Médica Internacional lanzó un comunicado anunciando que Elvira y su abuelo habían sido expulsados hacía un mes.
La noticia sacudió a la sociedad.
La familia Sandoval, un pilar de la medicina en La Concordia, ¿expulsada?
¿Qué habían hecho?
Luego, varias familias que tenían negocios con los Sandoval anunciaron el fin de sus relaciones comerciales. Se rumoreaba que los Sandoval estaban en crisis financiera, al borde de la quiebra.
En la mansión Sandoval...
Marcelino Sandoval, con el rostro desencajado por la furia, sostenía un cinturón grueso mientras miraba a Elvira, que estaba encorvada en el piso, llorando y pidiendo perdón.
—¡Te lo dije mil veces! ¡No te metieras con esa Almendra! ¡Pero nunca escuchas!
Cien años de legado a punto de irse al diablo en sus manos.
Nahuel sabía que la familia pasaba por una mala racha, pero no quería creerlo del todo.
—Papá, quizá son problemas operativos de la empresa. Almendra, por muy genio que sea, es una niña de dieciocho años. ¿Cómo va a tener el poder de destruirnos?
—¡Imbécil!
Marcelino le soltó un cinturonazo a su hijo.
Nahuel gritó de dolor.
—¡Ay, papá! ¡Duele!
—A la familia Vargas también le han pasado cosas raras últimamente, y todo apunta a Almendra. Y su hija, Isidora, también se puso en contra de ella y salió perdiendo. ¿No se han puesto a pensar por qué?
Al escuchar eso, Nahuel e Irene se pusieron serios.
—Detrás de los Vargas está Santiago. Y Santiago es intocable. Si ni siquiera los Vargas pudieron con ella... ¿en qué cabeza cabe meterse en su camino? ¡Es que son estúpidos!

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