Fabián, con la mirada oscurecida, asintió con firmeza:
—Lo sé, abuelo.
Aunque Santiago subiera de puesto, él jamás permitiría que los Ortiz o los Vargas tocaran un pelo de Alme.
Almendra sonrió despreocupada:
—Señor Esteban, yo sé cuidarme sola.
Para ella, Santiago era solo un monstruo de nivel un poco más alto en el videojuego, nada que temer. Al contrario, al subir de puesto, Santiago tendría todos los ojos del país encima. Él era el que debía tener cuidado. Un paso en falso desde esa altura significaba una caída mortal.
Esteban soltó una carcajada:
—¡Esa es mi nieta política! ¡Qué carácter!
Luego resopló:
—Pero descuiden, si ese tal Santiago se atreve a intentar algo, yo tengo mis métodos para borrar a la familia Ortiz del mapa de La Concordia.
Fabián entornó los ojos:
—Santiago no se atreverá a atacarnos de frente, se esconderá en las sombras y usará a otros para hacer el trabajo sucio.
—Veremos quién juega mejor —dijo Almendra con una media sonrisa.
Esteban pensó que esa parejita era tal para cual. ¡La familia Ortega se había sacado la lotería con Alme!
—Por cierto, Alme, hay algo que debo darte.
El anciano sacó una caja de caoba tallada a mano de un compartimento detrás de él. A simple vista, la pura caja ya valía una fortuna.
—La madre de Fabián pensaba venir para el Día de Muertos, pero pescó un resfriado y los médicos le recomendaron no viajar para no empeorar.
Fabián se sorprendió:
—¿Por qué no me avisaron?
El abuelo lo miró de reojo:
—Tú siempre estás ocupado. Tu madre no quería preocuparlos, así que no le dijo a nadie. Pero envió un regalo y me pidió que se lo entregara a Alme en su nombre.

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