Al escuchar esto, Elvira miró a su abuelo Marcelino con ojos llorosos:
—Isidora también estaba en el debate hoy, odia a Almendra tanto como yo. Podríamos aliarnos con la familia Vargas y…
—¡Zas!
Marcelino levantó la mano y le soltó un latigazo sin piedad.
—¡Necia!
—¡No entiendes nada!
—¡Papá, papá, por favor, ya basta! —Irene corrió a proteger a su hija, que ya tenía nuevas marcas en el cuerpo.
Marcelino estaba tan furioso que veía puntos negros.
—¡Santiago está a punto de ascender! Por eso Isidora se atreve a levantar la cabeza. ¿Tú crees que puedes aliarte con los Vargas? ¿Crees que te van a voltear a ver? ¡¿Quién te crees que eres?!
—¿Por una maldita Almendra vas a hundir a toda la familia Sandoval?
Elvira veía estrellas por el golpe.
Marcelino se giró hacia Nahuel e Irene y rugió:
—¡Investiguen de inmediato el trasfondo de Almendra! ¡Y después llévense a esta inútil a disculparse como se debe! ¡Rueguen para que Almendra no destruya a la familia Sandoval!
***
Mientras tanto, Kian Vargas e Isidora recogían a Rosa Ortiz del centro de detención.
Rosa, aquella dama de sociedad, salió pareciendo otra persona. Cabello corto, mucho más delgada, ropa humilde y la piel curtida por el sol; parecía una mujer de campo. Y eso que, gracias a la influencia de Santiago, no la había pasado tan mal.
—¡Mamá! Perdón, sufriste mucho por mi culpa.


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