Betina escuchó otro gemido de Liliana y preguntó alarmada:
—Liliana, ¿segura que estás bien?
La voz de Liliana sonaba contenida:
—Betina, es que... me resbalé y me di un golpe.
La cara de Betina se llenó de preocupación.
—Liliana, ¿es grave? ¿Necesitas que llame a una ambulancia?
—No, no, señorita Betina. Descanso un rato y se me pasa... ah.
—Liliana, ¿no será que te lastimaste feo? ¿Cómo vas a estar sola así? Mejor te pido una ambulancia.
Liliana se puso nerviosa de inmediato:
—No, señorita, de verdad. Solo es un golpe, ahorita se me pasa. Betina, ¿llamabas por algo en especial... ah?
Betina suspiró con pesadumbre.
—Liliana, ¿viste las noticias del concurso académico? Almendra se llevó toda la atención en la Universidad La Concordia. Todo el mundo la está alabando, hasta mis papás. ¡Ahora solo tienen ojos para ella!
Liliana, por fin, dejó de jadear.
Su voz recuperó cierta normalidad.
—Betina, no importa cuánto se luzca Almendra, nunca se comparará contigo. Tú también ganaste el primer lugar en Matemáticas. Ella tiene de padrino a ese viejo Ocampo, ¿quién dice que no le pasaron las respuestas antes? Entre todos los de nuevo ingreso, ¡tú sigues siendo la más destacada!
Al escuchar esas palabras, el ánimo de Betina se elevó al instante. Sentía que había encontrado a alguien que realmente la comprendía.
¡Solo Liliana la entendía!
—Liliana, ¿de verdad piensas eso?
—¡Claro que sí, mi niña! Ya sospechábamos que ella tenía a alguien detrás, y mira, ya salió el peine. ¡En cuanto encontremos pruebas de que Almendra y el señor Ocampo tienen una relación indecente, esa muchacha estará acabada!
Betina se enderezó, llena de energía renovada.
—¡Exacto! ¡Eso mismo pienso yo!
Solo necesitaban pruebas. En ese momento, lo único que le esperaría a Almendra sería la ruina total.

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