Liliana lanzó la advertencia tajante.
Por ahora tenía que mantener controlado a Ulises; ya buscaría la forma de deshacerse de él más adelante.
Ulises soltó una risita boba.
—Ya lo sé, mujer. El plan es deshacernos de la tal Almendra para que nuestra hija herede todo, ¿no? Esta vez te haré caso.
El imbécil de Ulises aún no sabía que Betina era la verdadera hija biológica de Liliana y él, ni que en realidad estaban hablando de la fortuna de los Reyes. Liliana solo le había dicho que Almendra tenía dinero, que era fundadora de CASA ALMA y una estudiante de medicina famosa.
Le había vendido la idea de que si Almendra desaparecía, su fortuna pasaría a la familia Reyes y, por ende, indirectamente a Betina.
Por eso le prohibió revelar el origen de Betina bajo amenaza de muerte.
Él, movido por la codicia y por asegurar el futuro de «su hija», aceptó encantado.
—¡Jum! Más te vale. Últimamente te la pasas con la gente de Saulo; diles que investiguen si Almendra tiene algún trapo sucio con el viejo Ocampo. Si encuentran algo, ¡Almendra está muerta!
Al mencionar a Saulo, Ulises infló el pecho de orgullo.
Quién iba a decir que Susana, esa inútil, sería tan valorada por Saulo.
Ahora que Susana era la mujer exclusiva de Saulo, el estatus de Ulises también había subido.
Lo único malo era que Susana era una tacaña; o no le daba nada o le aventaba unos cuantos billetes para que se largara. ¡Eso le molestaba muchísimo!
Entre más arriba llegaba, más miserable se volvía. Y lo peor era que no podía hacerle nada. Qué frustrante.
—Descuida, la lana de esa tal Almendra acabará en nuestras manos tarde o temprano.
***
Al día siguiente.
Almendra bajó temprano, sin intención de quedarse en la cama. De hecho, diez minutos antes de su hora habitual.
Y... Almendra iba vestida muy formal.
Llevaba un traje sastre negro, de corte impecable. La tela, oscura como el fondo del mar, no tenía ni una sola imperfección y proyectaba una seriedad y solemnidad innatas.
El saco entallado delineaba su figura esbelta pero fuerte; las líneas fluían desde los hombros hasta la cintura, creando una silueta estética y limpia.
Almendra asintió.
—Sí, llevo prisa. Desayuno en el camino. Ya me voy.
Frida la miró con ojos de adoración, juntando las manos bajo la barbilla.
Qué guapa, qué estilo, qué hermosa.
Al subir al coche, Almendra se puso unos lentes de montura negra, pisó el acelerador y arrancó.
Diez minutos después, llegó a la plaza principal de la capital.
Efectivamente, Almendra había sido invitada a la ceremonia del Día de la Independencia.
Mientras hacía fila para entrar, Esteban, vestido de gala militar y rodeado de atenciones, creyó ver una silueta conocida. Pero al volver a mirar, ya no estaba.
—¿Eh? —se extrañó.
***

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