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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 954

—General Ortega, ¿sucede algo? —preguntó el encargado de inmediato.

El señor Esteban miró de nuevo, pero tuvo que resignarse.

—Nada, no es nada.

Esa figura se parecía muchísimo a su nieta política favorita. ¿Sería que ya le fallaba la vista?

Almendra ya había sido interceptada por Fausto, el secretario general del Departamento de Inspección.

—Señori... —las palabras se le quedaron en la boca.

—Dime Alme —interrumpió ella. No quería exponer su identidad.

Fausto dudó, pero una orden de la jefa era una orden.

—Alme, te llevaré a la zona de asientos del Departamento.

—Vamos.

Almendra caminaba adelante y un montón de miradas la seguían.

Es que su presencia era magnética.

Con esos lentes de pasta negra y caminando detrás de Fausto, muchos pensaron que era alguna asistente nueva.

Pero detrás de los lentes se le veía una mirada fría y avispada, nada de asistente nueva; su mirada denotaba una madurez y una calma que no correspondían a su edad, como si pudiera ver a través de todo. Definitivamente no tenía pinta de simple asistente.

Elio Bonilla, el otro ministro conocido por todos, un hombre de cuarenta y tantos años con expresión severa, miraba hacia atrás de vez en cuando desde su asiento.

Finalmente, vio a Almendra siguiendo a Fausto y su rostro rígido se relajó en una leve sonrisa.

Estaba a punto de llamarla, pero ella ni siquiera volteó a verlo; solo le dijo algo a Fausto y se sentó en un lugar discreto cualquiera.

Elio puso cara de decepción.

En seguida, Fausto se acercó y le susurró:

—Ministro, la directora Almendra prefiere no llamar la atención.

Elio asintió con seriedad.

—Entendido.

Lorenzo Ortega llegó con sus colegas y, al ver que todos miraban curiosos hacia una dirección, no pudo evitar echar un vistazo.

Al instante, abrió los ojos como platos.

Fabián: [Sí.]

En realidad, Almendra no le había dicho nada, pero lo suponía.

Siendo ella parte del personal oficial y con un rango importante, era lógico que asistiera al gran evento del Día de la Independencia.

Lorenzo no tuvo más remedio que admirar a la novia de su hermano. De verdad era impresionante.

La ceremonia fue solemne y grandiosa, especialmente el desfile militar.

Los contingentes a pie avanzaban como una muralla de acero, marcando el paso con fuerza y precisión frente al palco de honor.

Los soldados, con postura erguida y mirada firme, lucían uniformes impecables. Cada movimiento estaba sincronizado al milímetro, mostrando una disciplina y fuerza inigualables.

Luego, los vehículos blindados avanzaron como un río de hierro; armamento de última generación desfilaba en formación perfecta.

El nuevo equipo brillaba bajo el sol, irradiando poder; era la prueba viviente de la tecnología y la defensa nacional, provocando exclamaciones y aplausos del público.

Al mismo tiempo, el escuadrón aéreo cruzó el cielo como águilas, dejando estelas de humo de colores entre las nubes. La precisión de la formación era espectacular, mostrando la excelencia de la Fuerza Aérea de Nueva Córdoba.

Santiago, vestido con su uniforme de gala, se mantenía firme en uno de los vehículos de mando, saludando militarmente al pasar.

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