—General Ortega, ¿sucede algo? —preguntó el encargado de inmediato.
El señor Esteban miró de nuevo, pero tuvo que resignarse.
—Nada, no es nada.
Esa figura se parecía muchísimo a su nieta política favorita. ¿Sería que ya le fallaba la vista?
Almendra ya había sido interceptada por Fausto, el secretario general del Departamento de Inspección.
—Señori... —las palabras se le quedaron en la boca.
—Dime Alme —interrumpió ella. No quería exponer su identidad.
Fausto dudó, pero una orden de la jefa era una orden.
—Alme, te llevaré a la zona de asientos del Departamento.
—Vamos.
Almendra caminaba adelante y un montón de miradas la seguían.
Es que su presencia era magnética.
Con esos lentes de pasta negra y caminando detrás de Fausto, muchos pensaron que era alguna asistente nueva.
Pero detrás de los lentes se le veía una mirada fría y avispada, nada de asistente nueva; su mirada denotaba una madurez y una calma que no correspondían a su edad, como si pudiera ver a través de todo. Definitivamente no tenía pinta de simple asistente.
Elio Bonilla, el otro ministro conocido por todos, un hombre de cuarenta y tantos años con expresión severa, miraba hacia atrás de vez en cuando desde su asiento.
Finalmente, vio a Almendra siguiendo a Fausto y su rostro rígido se relajó en una leve sonrisa.
Estaba a punto de llamarla, pero ella ni siquiera volteó a verlo; solo le dijo algo a Fausto y se sentó en un lugar discreto cualquiera.
Elio puso cara de decepción.
En seguida, Fausto se acercó y le susurró:
—Ministro, la directora Almendra prefiere no llamar la atención.
Elio asintió con seriedad.
—Entendido.
Lorenzo Ortega llegó con sus colegas y, al ver que todos miraban curiosos hacia una dirección, no pudo evitar echar un vistazo.
Al instante, abrió los ojos como platos.
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