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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 960

Cinco millones para Silvia eran lo que se gastaba en una noche de antro.

Además, en la caja fuerte de su casa siempre había efectivo.

Tomó una maleta, contó el dinero y salió.

Antes de salir se cubrió bien, de pies a cabeza, para que nadie la reconociera.

Condujo hacia la ubicación que le mandó Renato. Cada vez el camino era más desolado y empezó a sentir un mal presentimiento.

Pero luego pensó: para estas cosas se necesitan lugares así, ¿no?

Si no, ¿cómo iban a hacer el trabajo sucio?

La idea de ver a Almendra humillada en manos de Renato y su gente le devolvía el ánimo.

¡Almendra!

¡Tú te lo buscaste!

Iba a pagar muy caro su arrogancia.

Al llegar cerca del destino, Silvia no vio a nadie y le entró el miedo.

Llamó a Renato:

—¿Dónde están? No veo a nadie.

—Siga derecho, hay una bodega abandonada. Aquí estamos.

—¿Falta mucho?

—No, unos cien metros por el caminito. Nadie nos ve aquí.

—Ok.

Silvia caminó los cien metros con la maleta de dinero y vio la bodega.

Sus nervios se calmaron un poco.

Iba a entrar cuando escuchó una voz conocida:

—¿Ya despertó? Muchachos, pásenme el cuchillo, le voy a dibujar una flor en esa carita linda.

—¡Eso, jefe!

Al oír eso, Silvia se emocionó, aceleró el paso y empujó la puerta de golpe:

—¡Déjenme hacerlo a mí!

—¡Almendra! ¡Me tendiste una trampa! —gritó histérica.

Almendra se levantó de la silla y soltó una risa corta.

—¿Trampa? ¿No fuiste tú quien pagó para que me secuestraran?

Silvia miró con furia a Renato y Fidel.

—¡Ustedes tomaron mi dinero y se atrevieron a traicionarme! ¡Se aliaron con ella!

Renato bufó:

—Señorita Navas, usted dijo que esta señorita era una estudiante indefensa. ¡Fue pura mentira! ¡Usted nos mandó a la muerte!

Y lo que más los aterraba era ver al señor Fabián ahí.

¡La señorita Almendra era la novia de Fabián!

¿En qué lío se habían metido?

Todo por culpa de la estúpida de la familia Navas que no sabía con quién se metía.

—Ya que a la señorita Navas le gusta tanto hacer tratos con esta gente... ¿por qué no se quedan a platicar un rato? —sugirió Almendra con voz suave pero letal.

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