Frida trató de calmarla:
—Betina, no te alteres. Vamos a aclarar las cosas primero.
Betina asintió con cara de víctima:
—Sí, mamá.
Los tres caminaron hacia la sala de interrogatorios. Al llegar a la puerta, vieron a Almendra y a Fabián adentro.
A un lado, había más de diez tipos con pinta de delincuentes, agachados en el suelo con las manos en la nuca. Silvia también estaba tirada en el piso, llorando y gritando histérica.
—¡Alme! ¿Estás bien?
Simón y Frida corrieron hacia Almendra, revisándola de pies a cabeza con nerviosismo.
Almendra negó con la cabeza:
—Estoy bien.
Fabián intervino:
—Don Simón, Doña Frida, Alme está ilesa, no se preocupen.
Frida miró a Fabián con alivio:
—Fabián, ¿cómo te enteraste? ¿Tú la salvaste?
La pregunta de Frida creó un silencio incómodo.
Especialmente entre los matones en el suelo.
Hasta ahora, Almendra era la jovencita más brava que habían conocido; se había despachado a diez ella sola como si fuera un juego de niños.
Fabián puso cara de circunstancia y tosió un poco. Justo cuando iba a decir que para cuando él llegó, Almendra ya los tenía a todos quietos, ella habló.
—Papás, fue gracias a su ayuda. Eran demasiados, yo sola no habría podido.
Fabián: «...»
—Fabián, de verdad, muchísimas gracias.
—Sí, Fabián, gracias por proteger tan bien a Alme.
Fabián se sentía tan apenado que no sabía ni qué decir.

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