Silvia la había contactado después de secuestrar a Almendra, así que si la policía investigaba, ella no podría librarse fácilmente.
Por suerte, Laura no era tonta.
Al llegar a la delegación y ver a Betina, supo de inmediato que ambas estaban en el mismo barco.
—¡Laura, llegaste! ¡Diles que Betina nos engañó!
En cuanto Silvia vio a Laura, se arrastró hacia ella casi a gatas.
Laura puso cara de no entender nada, fingiendo ignorancia ante las palabras de Silvia.
Para aclarar la situación, un oficial se llevó a Laura aparte para tomarle declaración.
Betina intentó cruzar palabra con Laura, pero otro oficial la interrumpió:
—Señorita, usted y la señorita Laura necesitan dar su declaración por separado. Por favor, acompáñeme.
Betina no tuvo más remedio que asentir y seguir al oficial.
Pasó como media hora hasta que Laura y Betina salieron de los interrogatorios casi al mismo tiempo.
La mirada de Laura hacia Betina había cambiado radicalmente.
La observó durante un buen rato como si estuviera viendo a una desconocida.
Betina, nerviosa, la llamó en voz baja:
—Laura, ¿estás bien?
Laura, con ojos fríos, no respondió a su pregunta. Solo le dijo:
—Que Dios te ayude.
Betina sintió un vuelco en el corazón y se apresuró a decir:
—Laura, ¿acaso me malinterpretaste?
Pero Laura la ignoró y caminó directamente hacia la sala principal donde estaban Almendra y Silvia.


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