Tadeo sacó su celular, miró a Fabián y a Almendra, esbozó una sonrisa aduladora y se apartó un poco para marcar.
El teléfono sonó una y otra vez, pero nadie contestaba.
Tadeo miró a Fabián con expresión de apuro:
—Don Fabián, es probable que mi patrón esté ocupado y no traiga el celular encima.
—Sigue insistiendo —ordenó Fabián.
—O llama a alguien que esté con él —añadió Almendra—. Lo importante es que contesten.
La realidad era que Tadeo no podía permitirse ofender a Fabián.
Si hubiera sido cualquier otra persona, ya habría mandado a los de seguridad a sacarlos a golpes.
—Sí, sí, sigo marcando.
Tadeo continuó llamando durante casi cinco minutos hasta que finalmente contactó con Saulo.
La voz de Saulo sonaba ronca y grave, denotando una clara impaciencia:
—¡Chingada madre! ¡Estoy ocupado! ¡Más te vale que sea algo de vida o muerte!
Tadeo se apresuró a decir:
—Patrón, es don Fabián. Fabián Ortega dice que tiene un asunto con usted y me obligó a contactarlo.
—¿Fabián Ortega? —replicó Saulo—. ¡No conozco a ningún Fabián Ortega!
—Patrón, es el Fabián de la familia Ortega de La Concordia —le recordó Tadeo apresuradamente.
Saulo pareció reaccionar tras un momento de silencio y soltó una maldición:
—¡Imbécil! Si don Fabián nos honra con su visita, ¿por qué no lo están atendiendo como se debe?
Fabián frunció el ceño con impaciencia y lanzó una mirada gélida a Tadeo:
—Ve al grano.
Tadeo sintió un escalofrío en la espalda y le dijo a Saulo:
—Patrón, el asunto es este...
Tadeo explicó el motivo de la visita. Saulo comenzó a gritar desde el otro lado de la línea, jurando inocencia y regañando a Tadeo.
Con Fabián involucrado, las cosas se complicaban bastante.
Al ver que Susana estaba pálida del susto, Saulo la levantó y la volvió a sentar en sus piernas, paseando sus grandes manos por su cuerpo.
—Tranquila, nena, solo preguntaba.
Susana temblaba ligeramente, pero intentaba controlarse.
Sabía que a Saulo no le gustaban las mujeres demasiado miedosas.
—Es que... si Fabián se mete, me da miedo que le cause problemas a usted.
Saulo soltó una risa burlona:
—¿Miedo de qué? Yo no he hecho nada. Y aunque lo hubiera hecho, no tiene pruebas. ¿Qué me va a hacer?
Gente como Saulo vivía bailando sobre la línea de la ley.
Para ellos, la justicia era un chiste.
Leyes, justicia, razón o conciencia; nada de eso existía en su mundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada