Tras escuchar las palabras de Martín, Tadeo finalmente cayó en cuenta de por qué aquel hombre le resultaba tan familiar.
«¡En la madre!».
¿Ese no era Fabián Ortega, el mismísimo «Diablo» en persona, don Fabián?
«¡Maldita sea!».
¿Cómo era posible que una figura de ese calibre apareciera de repente en un lugar como este? ¿Y con esa actitud tan agresiva?
—¡Pero si es don Fabián! Qué ciegos hemos sido, le pido una disculpa por la falta de atención. ¿En qué podemos servirle? ¿Qué asunto tiene con nuestro patrón? Avíseme para informarle de inmediato.
Tadeo sonreía de oreja a oreja y se deshizo en atenciones, con una actitud completamente servil.
La voz de Almendra sonó gélida:
—Su gente secuestró a un chico cerca de la Escuela San Ignacio de Loyola antier, alrededor de las cinco de la tarde. ¡Dígale que lo entregue ahora mismo!
Al escuchar esto, Tadeo palideció del susto y casi se le doblaron las piernas.
—Señorita, por favor, nuestro jefe se dedica a negocios legítimos. Lo que usted menciona es cosa de tratantes de personas, y nosotros no tenemos nada que ver con eso. ¡Seguro se han equivocado de persona!
Al terminar, miró con pánico a Fabián, que estaba a un lado.
—Don Fabián, puede investigar lo que quiera. Los negocios de mi patrón son todos legales. Incluso el casino en Valle del Sol Eterno opera bajo la ley; no nos atreveríamos a hacer nada ilícito. ¡Lo que dice esta señorita no tiene nada que ver con nosotros!
Fabián entrecerró los ojos.
Martín dio un paso al frente, agarró el brazo de Tadeo y se lo torció hacia la espalda con fuerza. Al instante, Tadeo soltó un alarido de dolor.
—¡Don Fabián, piedad! ¡Tenga piedad! Aunque me arranque los dos brazos hoy, ¡la persona que buscan no está aquí!
Almendra soltó un bufido frío:
—Claro que no van a admitir sus crímenes. Llame a su jefe ahora mismo. Si no me entrega a la persona hoy, ¡voy a desmantelar este lugar hasta los cimientos!
Tadeo, sudando frío por el dolor, suplicó:


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